Samuel García
Todo indica que se están alineando los incentivos -intencionalmente o no- para acelerar la multiplicación de changarros en lugar de fortalecer empresas formales.
La política laboral reciente deja una señal clara: con costos formales al alza y una economía estancada, cada vez más empresas y trabajadores se refugian en la informalidad. El resultado no es una planta productiva más sólida, sino un país que se “changarriza” a paso acelerado.
Los datos son contundentes. Entre 2018 y 2023 surgieron 668 mil unidades económicas nuevas, pero 511 mil -el 76.5%- nacieron en la informalidad. No es casualidad: en ese mismo periodo, el empleo informal creció en 856 mil plazas, mientras el formal perdió 24 mil. El mensaje es claro: cuando el costo de contratar formalmente sube más rápido que la productividad, la economía se mueve al margen de la ley.
El efecto se intensificó en los últimos meses. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo de INEGI, de octubre de 2024 a octubre de 2025, la ocupación informal aumentó en poco más de 2 millones de personas, mientras el empleo formal cayó en 488 mil. Incluso con los máximos de afiliación reportados por el IMSS, el empleo formal sigue 6.4% por debajo de su tendencia prepandemia. Es decir, avanza, pero no alcanza.
¿Por qué? Porque ser formal es demasiado caro. Los incrementos acumulados del salario mínimo, las cuotas de seguridad social, los impuestos a las nóminas (?), y los costos de cumplimiento normativo han elevado significativamente el costo total de una plaza formal. Para grandes empresas con escala puede ser absorbible; para las micro y pequeñas, no.
De ahí la expansión del “changarro” como modelo de sobrevivencia. En 2024 la economía informal alcanzó 25.4% del PIB, su nivel más alto en la historia reciente. Y desde 2021 ha crecido 25%, más del doble que la economía formal (11.3%). La informalidad se ha vuelto, para miles, la única vía viable en una economía estancada que expulsa empleos formales, en medio de la incertidumbre.
Analistas del sector privado lo han dicho abiertamente: “La economía informal ha sido una alternativa tanto para hogares como empresas que buscan operar fuera de un costoso sistema tributario y laboral”, advierte el CEESP. Y no se trata solo de costos monetarios; también pesan la falta de Estado de derecho, la baja productividad y la ausencia de incentivos reales para cumplir la ley.
El mercado laboral confirma esta tendencia. La informalidad ya supera el 55% de la fuerza laboral nacional, o sea, más de 33 millones de personas trabajando sin seguridad social, prestaciones ni estabilidad. En algunos meses recientes, como octubre, todos los empleos creados fueron informales. Así, el crecimiento laboral ocurre donde el costo es menor, no donde la calidad es mejor.
En términos económicos, esto erosiona tres pilares: Productividad, porque el trabajo informal suele ser de baja escala y escasa inversión. Recaudación, porque la economía informal aporta muy poco a las finanzas públicas. Y protección social, porque cada trabajador que se mueve a la informalidad presiona más a un sistema de seguridad social ya frágil.
Con los costos laborales creciendo más rápido que la competitividad, el país está incentivando, sin admitirlo, la proliferación del changarro como columna vertebral de su economía. Formalizarse es caro; informalizarse es sencillo.
Si las reglas siguen empujando hacia la informalidad, México no se industrializará: se “changarrizará” aún más. Mientras la informalidad sea la opción premiada, la productividad no crecerá y seguiremos atendiendo síntomas, no causas.
