Roberto Remes Tello de Meneses
Todo este año he considerado dejar de escribir. Lo hacía con la esperanza de influir en las decisiones públicas, de aportar algo para un futuro mejor. Pero en el México actual, donde el poder es vertical y cerrado, escribir sobre mi entorno ya no parece tener sentido. Las políticas públicas no se construyen con base en el análisis o la experiencia: vienen dictadas desde arriba.
La crítica no solo es ignorada: se castiga. El caso de María Amparo Casar lo demuestra. Su persecución no es aislada, es un mensaje para cualquiera que se atreva a documentar las corrupciones e ineptitudes del régimen.
Reconozco mi insignificancia como crítico, y quizá eso me ha protegido. Pero insisto en un tema que considero grave: la narrativa triunfalista sobre el regreso de los trenes de pasajeros encubre una política pública improvisada, acelerada por la urgencia propagandística y electoral. En lugar de planear un sistema ferroviario que genere cadenas productivas locales y aumente la integración nacional (una idea que defendí desde los proyectos de Peña Nieto en Querétaro, Toluca y Yucatán), el gobierno actual gastará un billón de pesos en trenes dirigidos a una clase media que ya tiene cómo viajar. Lo hace a costa de ignorar el transporte urbano y suburbano, que es donde se juega la calidad de vida y el tiempo perdido de la población más pobre.
Una red de trenes que circulen entre 100 y 200 km/h suena bien, hasta que vemos lo que se está sacrificando. El autobús, el avión y el coche seguirán siendo más prácticos, como ya ocurre con el Tren Maya. México sigue siendo el país de los elefantes blancos, como dice Julio Franco Corzo; muchas de las nuevas rutas ferroviarias se sumarán a esa lista y en unos años no habrá recurso para mantenerlas.
La inversión pública no ha crecido con los proyectos faraónicos de esta y la anterior administración. Todo lo contrario. El país funcionaba mejor con una inversión dispersa. Paralelamente, la economía informal ha crecido de forma alarmante. Hace siete años, el Centro Histórico de la Ciudad de México estaba más ordenado. Hoy, la complacencia de las autoridades permite un caos rentable para algunos. No encuentro otra explicación que “los moches”.
La informalidad no es solo comercio callejero: implica una economía sin contratos, sin empleos formales, sin renta de locales, sin pago de luz, teléfono o internet. Incluye también la extorsión, el crimen organizado y un Estado paralelo que sigue creciendo. Para mí, la informalidad, junto con las remesas, es el mayor obstáculo para el desarrollo.
Sobre las remesas: han caído un 5.1%. La cifra puede parecer modesta, considerando el miedo a deportaciones masivas. Pero esto refuerza una sospecha incómoda: una parte de ese dinero proviene de redes de lavado. Si Donald Trump establece restricciones a las remesas, caerán en picada, arrastrando al superpeso y otros indicadores que hoy se presumen como logros económicos.
A la caída de remesas y al crecimiento de la informalidad, sumo una tercera alerta: la narrativa oficial que acusa a la oposición de violencia. No tenemos guerrillas. El terrorismo está en manos del crimen, no de partidos. Sin embargo, la represión del 15 de noviembre se disfrazó como intento de golpe de Estado. La mayor militarización desde la guerra sucia y el morenismo trepado en un banco porque vio un ratón.
El ataque de la diputada morenista Yuriri Ayala a la panista Daniela Álvarez se difundió como si fuera al revés. Esto no va a parar. Desde el poder se está construyendo la idea de una oposición violenta.
Sospecho que el objetivo es más siniestro: justificar futuras purgas internas en Morena usando opositores como chivos expiatorios. Esto puede suceder en el contexto de las candidaturas de 2027 o incluso por una posible e indeseable aplicación del Artículo 84 constitucional. Lo que veo venir es un endurecimiento del régimen y una persecución orquestada contra voces disidentes.
No somos Venezuela, pero nos parecemos. Ambos países desmontaron sus instituciones mediante propaganda. La diferencia es que México tiene un gobierno mejor estructurado, mérito del mal llamado neoliberalismo. La 4T ha construido un entorno de incertidumbre que será poco eficaz para atraer inversiones. El Gobierno de Venezuela desmanteló el aparato productivo a base de expropiaciones ridículas, México no llegará a eso.
Lo que podía hacer la Cuarta Transformación para detonar un México más equitativo, ya lo hizo. Ahora toca crecer. Pero ese crecimiento no llegará mientras la informalidad siga siendo el sector más grande de la economía. Combatirla es un trago demasiado amargo para el obradorismo. No lo harán.
México enfrentará una crisis. No sé cuándo ni qué tan profunda. Tampoco creo que provoque una pérdida de poder inmediata. Pero vienen purgas, y pueden ser violentas. Nadie está a salvo. Y el régimen ya está eligiendo a sus futuros culpables.
Como dije al principio: no soy optimista. Y, por lo mismo, ya no sé qué más aportar a las políticas públicas de mi país.
