Dr. Juan Manuel Lira Romero
Cada año al caer las últimas hojas del calendario, es inevitable sentir nostalgia porque cerramos un ciclo. Si hoy tuviéramos que examinar al año 2025 como si fuera un paciente, el reporte final no hablaría de un estado agónico, pero tampoco de una salud plena. El 2025 ha sido un periodo marcado por la transición política con la llegada de la presidenta Claudia Sheinbaum, pero también por una profunda revelación de la realidad operativa de nuestro sistema de salud.
A lo largo de este año, hemos tratado de documentar no solo los grandes anuncios oficiales, sino los signos vitales reales de una nación que se debate entre la narrativa de los escritorios y la vivencia cotidiana de sus médicos y pacientes. Hoy, hacemos el recuento de ese expediente.
Uno de los fenómenos más profundos y quizás menos comprendidos por la vieja guardia fue lo que llamamos “La rebelión de la bata blanca”. Este 2025 marcó un punto de inflexión, un “no retorno” para una estructura jerárquica que se quedó anclada en viejas prácticas del pasado. La Generación Z de médicos residentes e internos alzó la voz y dejó de normalizar el sufrimiento como método pedagógico.
Como documentamos en su momento, la deserción de especialistas del IMSS no obedece únicamente al “canto de las sirenas” del sector privado, sino al burnout y a la falta de herramientas para trabajar con dignidad. No es que falten vocaciones; es que el sistema público, con su rigidez burocrática y sus carencias crónicas, ha dejado de ser un lugar seguro para quienes lo sostienen. No podremos construir un sistema de salud humanista si insistimos en deshumanizar a quienes tienen la tarea de curar.
La economía de la salud nos dio otro golpe de realidad, frío y contundente. Los resultados de la ENIGH 2024 nos mostraron una paradoja dolorosa: aunque los ingresos de los hogares mejoraron y la pobreza bajó, el gasto de bolsillo en salud se comportó como una “cubeta con fugas”. Millones de mexicanos, ante la saturación institucional, encontraron su refugio en los consultorios adyacentes a farmacias, que se consolidaron este año no como una alternativa complementaria, sino como la verdadera válvula de escape del sistema.
La gratuidad en el papel se enfrentó a la dura realidad de la receta no surtida. Vimos cómo el 50% de las personas tuvo que comprar sus medicamentos, rompiendo el pacto social de la protección financiera. Un derecho que se tiene que pagar en la caja registradora de una farmacia privada no es un derecho social, es un impuesto a la enfermedad que castiga a quienes menos tienen.
En el plano administrativo, fuimos testigos de un golpe de timón necesario. Se regresó la rectoría del IMSS-Bienestar a la Secretaría de Salud, terminando con la “paradoja del doble mando” que otorgaba al IMSS ordinario una responsabilidad excesiva sobre la salud de los no asegurados.
También vimos el lanzamiento de metas ambiciosas, como la estrategia “2-30-100” del IMSS, prometiendo dos millones de cirugías para 2025. Sin embargo, advertimos desde el análisis técnico que tratar a los hospitales como líneas de ensamblaje industrial y al personal de salud como obreros, sin corregir antes el déficit histórico de quirófanos y personal, corre el riesgo de convertir la salud en una maquila de cifras.
Finalmente, el 2025 nos recordó que la salud también es geopolítica. La nueva versión de la “Doctrina Monroe” de Donald Trump de no depender de insumos médicos, productos farmacéuticos o sus ingredientes activos (APIs) de países asiáticos como China e India, encontró eco en el poder legislativo de México.
Este 2025 nos enseñó que ninguna estadística, por “histórica” o abrumadora que sea, puede sustituir la tranquilidad de una persona que no recibe el medicamento que necesita, o que tiene que lidiar con listas interminables para recibir atención médica oportuna y de recibir un trato digno. Este año que hoy finaliza también nos enseñó que la salud no ocurre en los decretos ni en los discursos; ocurre en el día a día de los hospitales.
Para el 2026, mi deseo no es solo que mejoren los “indicadores”, sino que recuperemos la empatía. Curar a veces, aliviar a menudo y consolar siempre, sigue siendo la única meta que verdaderamente importa.
Dejemos de ver a los pacientes como “folios” de una lista de espera y a los médicos como “recursos” de una línea de producción. Que el sistema entienda que detrás de cada “gasto de bolsillo” hay una familia que sacrificó su patrimonio, y detrás de cada renuncia médica hay una vocación herida por el sistema.
Al final del día, cuando se apagan las luces de los consultorios en los hospitales y se cierran las hojas de cálculo en las oficinas gubernamentales, lo único que prevalece es la fragilidad humana y es deber de cualquier gobierno velar por ella. ¡Feliz y saludable 2026!
