Luis Alfredo Alfredo Brambila Soto.
“No vas a entender lo que está pasando en Culiacán porque no vives aquí” me sentenció hace unos meses una ciudadana culichi.
Desestimé ese comentario, pues al igual que la mayoría de Sinaloenses crecí entre balaceras, asesinatos y también corrí a refugiarme en el primer culiacanazo. Pensaba que esas experiencias bastaban para hacerme una radiografía de lo que se está viviendo en Sinaloa desde hace dieciséis meses.
No recordaba lo ya aprendido: el horror a horrorizarse tiende. Las consecuencias del estado de guerra que vive Sinaloa son distintas a las de cualquier otro episodio de violencia que se haya focalizado en la capital. Las consecuencias se han profundizado, diversificado y han generado transformaciones en las dinámicas de vida.
Las jornadas fuera de casa se terminan a horas tempranas: seis o siete de la tarde. Después de esas horas lo recomendable es no salir. Existe un toque de queda tácito y notablemente acatado
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Las familias han adquirido el hábito de monitorear los reportes de enfrentamientos a fin de avisar a los suyos, sobre todo a los que saben cerca de esos lugares para que se salvaguarden o para que tapen los ojos a los menores y no vean el cadáver que arrojaron cerca de su casa.
La estática de los radios, el PIP de los walkie takie y las motocicletas son ya una parte indisoluble de la acústica y el paisaje. La mayoría son jóvenes que a todas luces y cruces están “halconeando” los puntos que se les asignaron. Antes deambulaban, hoy están instalados.
Las casas conocidas tienen como referencia el horror de esta guerra: “A la señora de la casa de la esquina le asesinaron a un hijo”, “A la de cuatro casas más allá le desaparecieron al chamaquito”, “A la señora la vemos salir a diario muy temprano con las madres buscadoras”. Lo que trae por añadidura un estado de luto generalizado, un respeto y una conciencia por la pena del otro, que tras su cercanía también su pena se convierte nuestra.
Los sinaloenses que disfrutan y celebran las amanecidas -música, baile y cerveza hasta que el sol se levante- han tenido que hacer una renuncia parcial a ese gusto. Las fiestas se hacen de día para que todos puedan volver a sus casas antes del anochecer. Han cambiado también de locaciones para no irritar a los grupos criminales que ordenaron no se hicieran festejos en sus zonas.
Los símbolos y las narrativas que promueven la actividad criminal (música, vestimentas) son tan persistentes como la crisis. No se vislumbran esfuerzos por construir o provocar otras narrativas, las instituciones capaces de hacerlo están en la parálisis y la herrumbe moral: Gobierno del Estado, Municipal o la Universidad Autónoma de Sinaloa.
Entre estas condiciones es evidente el afán y la persistencia de las y los sinaloenses para hacer que su vida funcione en medio de la crisis. Lo han logrado, con renuncias que los alejan de la vida en libertad y seguridad que merecemos todos. De ese tipo de vida no hay mucho, los días que estuve ahí, no la vi.
