México en desaceleración económica en 2025 y señales de recuperación para 2026

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Eduardo Gomez de la O.

Imagina los pasillos del imponente edificio del Banco de México en la Ciudad de México, donde el eco de decisiones pasadas resuena como un recordatorio constante de la fragilidad económica. Era el 17 de diciembre de 2025 cuando la Junta de Gobierno, liderada por la gobernadora Victoria Rodríguez Ceja, se reunió de manera virtual para deliberar sobre el destino monetario del país, no era una reunión cualquiera; el aire estaba cargado de incertidumbre global, con la sombra de políticas comerciales estadounidenses extendiéndose como una niebla sobre el horizonte mexicano. 

En esa sesión, documentada en la Minuta número 121, se decidió reducir la tasa de interés interbancaria en 25 puntos base, llevándola a 7.00%, una decisión que, aunque cautelosa, reflejaba un equilibrio precario entre combatir la inflación persistente y estimular una economía que parecía haber perdido su ímpetu.

Foto EFE

Esta historia no comienza en diciembre de 2025, sino meses atrás, cuando los indicadores cíclicos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) empezaron a pintar un cuadro sombrío, el Sistema de Indicadores Cíclicos (SIC), publicado el 8 de enero de 2026, revelaba una desaceleración que se había arraigado en la economía mexicana, el Indicador Coincidente, ese fiel reflector del estado actual de la actividad económica, había caído por debajo de su tendencia de largo plazo de 100 puntos desde mediados de 2024, culminando en 99.45 en octubre de 2025 con una disminución mensual de -0.03 puntos. 

Era como si la economía, después de un breve respiro post-pandemia, hubiera tropezado con raíces invisibles: debilidad en la demanda interna, inversión fija bruta en picada y un sector industrial que luchaba por mantener el paso.

Recuerdo las palabras de un analista anónimo que, en un café de Reforma, me susurró: «México está en fase 3 del ciclo de crecimiento, decreciendo por debajo de la tendencia». El Reloj de los Ciclos Económicos del INEGI lo confirmaba: el Coincidente apuntaba a contracción, un cuadrante inferior izquierdo que evocaba recuerdos de recesiones pasadas, aunque el Comité de Fechado de los Ciclos Económicos Mexicanos (CFCEM), en su última sesión de mayo de 2025, se negaba a declarar una recesión clásica. «La expansión desde junio de 2020 continúa», decían, pero con un crecimiento anual proyectado de apenas 0.3% para 2025, era difícil no sentir el estancamiento como un peso en el pecho.

Como se aprecia en la gráfica anterior, el Indicador Coincidente (línea verde) traza una trayectoria descendente, un declive constante que evoca los altibajos de un camino empedrado en las sierras mexicanas. Desde los 100.58 puntos en enero de 2024, descendió inexorablemente, reflejando una acumulación de debilidades: el PIB contrayéndose 0.29% en el tercer trimestre de 2025, la producción industrial en atonía, con las manufacturas estancadas y la construcción en niveles bajos debido a recortes en inversión pública. Era el relato de una economía que, tras el boom post-2020, enfrentaba vientos en contra internos: demanda agregada débil, consumo privado desacelerándose (aunque impulsado por bienes importados gracias al peso fuerte), y un mercado laboral enfriándose, con crecimiento del empleo cerca de cero y salarios reales moderándose de 6% a 2%.

Pero en esta narrativa de sombras, emerge un rayo de esperanza: el Indicador Adelantado (línea roja), ese profeta de giros económicos, cruzó por encima de los 100 puntos en noviembre de 2025, alcanzando 100.64 con un incremento de 0.11 puntos, anticipando los movimientos del Coincidente, sugería un posible valle seguido de ascenso. En el Reloj de Ciclos, esto lo posicionaba en fase 1: crecimiento por arriba de la tendencia, un cuadrante superior derecho que prometía expansión. «La economía mexicana parece transitar de la contracción a la recuperación», comentaban expertos en foros virtuales, citando el dinamismo en exportaciones no automotrices, especialmente en equipo de cómputo, beneficiado por el T-MEC y la inversión tecnológica en Estados Unidos.

El secretario de Hacienda, Edgar Amador Zamora y la gobernadora del Banxico, Victoria Rodríguez Ceja. (Foto Cuartoscuro)

La Minuta del Banxico, publicada apenas días después del SIC, añadía capas a esta historia. En su análisis del entorno externo, la Junta destacaba una desaceleración global moderada, con Estados Unidos creciendo a un ritmo inferior, influido por shutdowns gubernamentales y políticas comerciales de Trump, caracterizadas por negociaciones continuas y aranceles, «La economía global ha demostrado adaptación», notaban, pero el proceso imprimía desaceleración, en México, la actividad se mantenía débil, con brecha del producto ampliándose en negativo, subestimando holgura según la inflación persistente (general en 3.80%, subyacente en 4.43%).

Las causas del estancamiento eran multifacéticas, como hilos entretejidos en un tapiz azteca, internamente, recortes en inversión pública (obras civiles), demanda interna floja (consumo e inversión no presionaban), salarios mínimos altos (13% en 2026 elevando costos), inseguridad y falta de competencia posiblemente encareciendo, aunque ambiguos. Externamente, incertidumbre comercial con EE.UU., desaceleración global (manufacturas atónicas), conflictos geopolíticos, la inflación subyacente alta por mercancías (efectos base, referencias internacionales) y servicios (ajustes post-pandemia) limitaba el relajamiento monetario.

Sin embargo, la minuta proyectaba optimismo para 2026: choques transitorios (aranceles, IEPS) de una sola vez, disipándose en la segunda mitad, con inflación convergiendo a 3% en Q3, fundamentos sólidos: peso apreciado (baja volatilidad), expectativas ancladas (largo plazo 3.6%), holgura absorbiendo presiones. Facores externos positivos: US creciendo 2% (inversión tech impulsando exports), ciclo de cortes global (Fed más en 2026), la política monetaria de Banxico continúa la reducción gradual de la tasa de interes a 7%, empujandola hacia terreno neutral para estimular el crecimiento eocnomico. Si no hay efectos de segundo orden, se preve la recuperación de la demanda agregada y el T-MEC puede favorece este comportamiento de recuperación económica.

Victoria Rodríguez Ceja, gobernadora del Banxico. (Foto Cuartoscuro)

El Comité de Fechado de los Ciclos Económicos Mexicanos (CFCEM), en análisis conservador, no veía recesión clásica, pero la minuta sugería que la desaceleración gradual podría llevar a un valle si persiste el escenario. En contraste, el indicador Adelantado anticipaba salida, es como el amanecer después de una noche tormentosa.

En conclusión, mientras 2025 se despide como un capítulo de estancamiento económico –marcado por un crecimiento raquítico del 0.3% y una actividad que pareció hibernar bajo el peso de la incertidumbre global–, 2026 asoma en el horizonte como un amanecer prometedor, siempre y cuando los choques transitorios como aranceles y ajustes en precios relativos se disipen sin dejar secuelas profundas, y los fundamentos sólidos de México –un peso apreciado, expectativas inflacionarias ancladas y una holgura económica que absorbe presiones– prevalezcan como anclas de estabilidad.

Esta dualidad se reflejó vívidamente en la Junta de Gobierno del Banco de México, donde la decisión de recortar la tasa de interés a 7.00% no fue unánime. El subgobernador Jonathan Ernest Heath Constable emergió como la voz disidente, abogando por mantener el objetivo en 7.25% ante la persistencia de la inflación subyacente, que ha mostrado una «creciente tendencia al alza» durante el año. En su voto disidente, Heath enfatizó la necesidad de «evaluar meticulosamente el tiempo que tomará no solo revertir» esta trayectoria, sino también «calibrar la magnitud de la posible reversión de la inflación no subyacente». Propuso una pausa en los recortes para ajustar pronósticos a «una trayectoria más creíble», e incluso contempló la posibilidad de «volver a incrementar la tasa objetivo» si la convergencia al 3% no se materializa. Su postura subraya una cautela profunda, un recordatorio de que, en el régimen de objetivos de inflación basado en pronósticos, actuar con premura podría socavar el mandato prioritario del banco central: garantizar una inflación baja y estable.

Foto EFE

Esta disidencia no es mera anécdota; es el pulso de una nación que navega aguas turbulentas, equilibrando el riesgo de una desaceleración prolongada con el imperativo de domar presiones inflacionarias que podrían erosionar el poder adquisitivo de millones. México, con su resiliencia probada en crisis pasadas, debe avanzar con prudencia estratégica (fortaleciendo exportaciones tecnológicas, mitigando incertidumbres comerciales y vigilando de cerca los efectos de segundo orden). Solo así emergerá más fuerte, transformando el estancamiento de ayer en el rebote vigoroso de mañana, como un águila que, tras planear en vientos adversos, despliega sus alas hacia cielos más claros.