Trump vs. Claudia en 2027

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Salvador Camarena.

La presidenta Sheinbaum camina en terreno minado. Es desconcertante su decisión de subirse a la boleta en 2027 para, adelantar la revocación-no revocación, ser protagonista en las elecciones intermedias

Alan Riding republicó el año pasado su clásico Vecinos DistantesUn retrato de los mexicanos. Escrito en 1984, la nueva edición tiene un prólogo de Jorge G. Castañeda y un epílogo donde el autor analiza el reto de Claudia Sheinbaum al lidiar con Donald Trump.

Riding arranca esas 55 páginas recordando que “en este matrimonio impuesto por la geografía” entre México y Estados Unidos, “no existe la opción del divorcio”. Y, en mi opinión, lo que en el ensayo original se expone de la relación PRI-gobierno con Estados Unidos, le queda bien a Morena hoy.

Los primeros meses de Sheinbaum y de Trump en sus respectivas presidencias (el segundo en un modo aún más agresivo que en su primer periodo) son revisados por Riding en un texto que cobra particular relevancia luego de la captura de Nicolás Maduro.

Tras recordar que “AMLO fue el presidente mexicano que menos viajó al extranjero en 50 años”, el periodista destaca que “en cuanto a carácter, Sheinbaum no podría ser más distinta (de su predecesor): seria, concentrada, austera, incluso algo distante”.

La voluntad de la presidenta para colaborar con Trump, por ejemplo, en materia migratoria, destaca Riding, no se tradujo en una reducción de “la presión política que Washington ejerce sobre Sheinbaum”, (quien) “se encontró atrapada en una montaña rusa junto a un hombre incapaz de definir y sostener una política coherente en ningún área clave”.

“Resulta difícil situar con claridad el lugar de México” en la visión de Trump sobre el mundo. “La respuesta más probable es: donde más le conviene” sin dejar de blandir un gran garrote. “Dicho sin rodeos”, apunta el autor, “Trump nunca va a tratar a México como un igual”.

A pesar de lo que dice Riding y, como es sabido, Claudia ha sido reconocida por cómo ha lidiado con su homólogo. La gran duda es si, tras la desinhibición injerencista de la Casa Blanca luego de que el 3 de enero apresaran a Maduro, el método de la mandataria será efectivo.

Desde que Washington se descaró en eso de que la fuerza es el único idioma que aceptan y que sólo la moral de Trump guía qué acciones proceden, cada país, cada empresa incluso, y no digamos algunos ciudadanos, han reevaluado su manera de relacionarse con Estados Unidos.

Sheinbaum, cabeza de la nación que comparte tres mil kilómetros de frontera con Estados Unidos, ha comenzado el año con una llamada con Trump que, por los detalles que de la misma se han tenido, no despeja las dudas de si hay nuevas y aceptables exigencias a México.

Sobre todo porque horas antes el Departamento de Estado, tras sostener Marco Rubio un telefonema con el canciller mexicano, había subrayado que esperaban resultados “concretos” de lo que le importa al Tío Sam, en particular atacar a los criminales.

La presidenta camina, pues, en terreno minado. Por eso mismo, es harto desconcertante su decisión, según ha adelantado la prensa, de subirse a la boleta en 2027 para, adelantando la revocación-no revocación, ser protagonista en las elecciones intermedias.

Es obvio que al meterse a la boleta ella quiere ser la locomotora que arrastre a su movimiento.

Lo que no es obvio es si entiende un riesgo particular: toda confrontación con Trump, cualquier ataque desde Estados Unidos a México, encontrará de este lado no necesariamente a una jefa de Estado, sino a alguien que está en campaña.

En una crisis, una presidenta podría cosechar apoyos por su defensa patriótica; en una controversia con la Casa Blanca, quien está sujeta a revocación se torna vulnerable, dentro y fuera. ¿Estamos seguros de que es oportuno jugarse la permanencia de la presidenta justo ahora?

En tiempos normales, la revocación puede fortalecer o desgastar a quien se somete a ella. No son tiempos normales. Para qué abrir riesgos con una consulta que nadie pide. Quién descarta que logre una victoria pírrica: ganar entre destrozos, debilitarse frente a Trump.

Riding apunta en su epílogo, tras observar que el carisma de López Obrador y el de ella no son comparables, que en su afán por repetir el esquema de la mañanera la presidenta no advierte que “más que los ataques de la llamada comentocracia, es su constante exposición a las cámaras la que está quitándole el misterio que debe encubrir la presidencia. Verla a diario es notar los límites reales de su poder”.

Límites que en una campaña, así sea la del truco de la revocación-no revocación, serán aún más mediatizados, objeto de debate y crítica. Sí, con ella en la boleta su partido puede ganar algunos puntos (dicen que esa es la justificación) o perder. Perder mucho, y no sólo ella.

El Financiero