Álvaro Aragón Ayala
(Metaanálisis periodístico basado en el análisis de Ernesto Hernández Norzagaray, Doctor en Ciencia Política y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid y publicado en el diario digital SIN EMBARGO con el título o cabeza “Zapatos limpios, Constitución manchada”)
El pasado 5 de febrero en Querétaro, el simbolismo constitucional sufrió una herida de muerte. Mientras se conmemoraba la subordinación del Poder ante la Ley, una imagen devoró la solemnidad del evento: una funcionaria, de rodillas, limpiando los zapatos del ministro presidente de la Suprema Corte, Hugo Aguilar Ortiz.
Lo que para algunos fue una “cortesía”, para el análisis político es un síntoma de decadencia institucional. Ernesto Hernández Norzagaray advierte que este acto no es una anécdota, sino una ruptura del espíritu republicano.
¿Por qué es trascendente el análisis de Norzagaray? El valor de la columna de Norzagaray reside en que desnuda la “microfísica del poder”. No se trata de higiene calzada, sino de jerarquía corporal.
El ministro Aguilar Ortiz, quien ha hecho de su origen indígena y su discurso de inclusión una bandera, contradice su narrativa al aceptar un acto de vasallaje. Norzagaray subraya que el daño no es a la mujer que se arrodilla, sino a la estructura del Estado. Se normaliza la idea de que en la cima del poder hay personas a las que se les sirve, no instituciones a las que se les rinde cuentas.
Al comparar este actuar con el de otros ministros de la Corte (tanto actuales como históricos), la diferencia es abismal. Mientras figuras como el exministro Arturo Zaldívar buscaban una proyección de cercanía mediática, o ministras como Norma Piña han enfatizado la independencia a través de la distancia protocolaria, Aguilar Ortiz ha caído en la trampa del atavismo cortesano.
A diferencia de ministros que guardan la “distancia republicana” para proteger la investidura, el actual presidente permitió que lo doméstico invadiera lo público, transformando un Poder del Estado en un objeto de deferencia personal.
Para entender la gravedad de este evento, debemos consultar a los maestros del poder:
1. Nicolás Maquiavelo: La apariencia y el desprecio. Si Nicolás Maquiavelo analizara este artículo, su valoración sería demoledora. Para el florentino, el gobernante debe evitar, por encima de todo, ser despreciado u odiado.
El error de Aguilar: Al dejarse limpiar los zapatos en público, el ministro proyecta una imagen de “afeminamiento” o “frivolidad”, vicios que Maquiavelo señala como el camino más rápido al desprecio del pueblo.
Para Maquiavelo, la justicia es un instrumento de estabilidad. Si el juez se muestra como un “amo” que requiere servidumbre, pierde la autoridad necesaria para que sus sentencias sean respetadas. La sociedad interpreta que la ley no es igualitaria, sino un privilegio de clase.
2. Joseph Fouché: El genio de la sombra. El llamado “maestro de la supervivencia”, jamás habría permitido una foto así. Fouché se movía en las cortes de justicia y el poder mediante la invisibilidad y la información.
Para Fouché, el poder real no necesita brillar (ni que le limpien los zapatos en público); el poder real se ejerce en el silencio.
Fouché vería en Aguilar Ortiz a un político torpe que ha regalado una “prueba gráfica” a sus enemigos. En su lógica, el ministro cometió el peor pecado político: la falta de discreción.
En la “limpieza” de los zapatos del ministro presidente de la Corte Federal, Hugo Aguilar Ortiz, la sociedad no debe ver una “atención amable”, sino una alerta democrática. Cuando la forma se pierde, el fondo se pudre. Si el encargado de cuidar la Constitución permite que alguien se arrodille ante él, está aceptando que la jerarquía personal vale más que la igualdad ciudadana.
La Constitución no se arrodilla, pero quienes deben protegerla parecen estar demasiado cómodos viendo a otros hincar la rodilla para higienizar el calzado de su “majestad”.
