Álvaro Aragón y el desmontaje del mito Scherer

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Richard Lizárraga Peiro

En el reciente debate periodístico sobre el libro “Ni venganza ni perdón”, se han confrontado dos estilos, dos métodos y dos formas de entender el papel del analista político. De un lado, Carlos Ramírez Hernández, director de “El Independiente” y de “Indicador Político” construye una narrativa de desgaste sistémico del obradorismo a partir de indicios acumulados.

Del otro, Alvaro Aragón Ayala, director de “Voces Nacionales”, desmonta con rigor el supuesto valor “probatorio” del testimonio de Julio Scherer García. Que se entienda: no se trata de una polémica menor. Es un debate sobre cómo se construye verdad en el periodismo político contemporáneo.

RETÓRICA ACUMULATIVA VS. ANÁLISIS ESTRUCTURAL

El metaanálisis de la columna de Carlos Ramírez “AMLO, Scherer, Jesús, exonerar o levantar el velo de impunidad” muestra una estrategia clara: sumar libros, testimonios, rupturas internas y episodios financieros para producir un efecto de verosimilitud. Su fórmula es conocida:

Indicio más sospecha, más metáfora y dramatización es igual a presunción política. El resultado es eficaz en términos narrativos, pero frágil en términos metodológicos. Ramírez no prueba: sugiere. No documenta: conecta. No verifica. Interpreta. Su columna opera como alegato político, no como disección analítica.

Álvaro Aragón, en contraste, en su columna “Ni venganza ni perdón, el falso evangelio ético de Julio Scherer García” elige el camino más complejo y menos espectacular: el desmontaje epistemológico. No discute solo “qué dice” Scherer, sino qué es lo que dice: una memoria situada, una intervención política, no un expediente judicial. Ahí radica su diferencia esencial.

Mientras Ramírez convierte los libros-testimonio en fuentes cuasi-probatorias, Aragón establece una frontera nítida:

memoria no es igual a prueba. Testimonio no es expediente y relato no equivale a sentencia. Su columna recuerda algo fundamental: ningún sistema democrático serio juzga con autobiografías.

Al hacerlo, Aragón no defiende a personas ni a proyectos. Defiende un principio: el de la racionalidad institucional frente al tribunal mediático. En un entorno donde la narrativa suele imponerse al dato, esta postura es, en sí misma, un acto de profundidad intelectual.

MÁS CONTEXTO, MENOS ESPECTÁCULO

Otro rasgo distintivo es el manejo del contexto histórico. Ramírez dramatiza coyunturas: “declive”, “fractura”, “fin de ciclo”, “coraza”, “omertá”. Su lenguaje construye atmósferas.

Aragón, en cambio, ofrece una perspectiva histórica, contextualiza y temporaliza. Sitúa el libro en un campo de fuerzas. Lo relaciona con desplazamientos de poder. Lo inserta en ciclos políticos recurrentes. Lo interpreta como reacomodo narrativo. No convierte la coyuntura en tragedia. La convierte en proceso. Ese es el salto cualitativo.

El problema central del enfoque de Carlos Ramírez es la confusión entre indicio y prueba. La sospecha funciona como punto de llegada, no como punto de partida.

Aragón invierte la lógica: primero, metodología; luego, evidencia, y después interpretación. Su columna no especula sobre intenciones. Analiza estructuras. No juzga trayectorias. Examina dispositivos narrativos. Por eso resulta más sólida.

EL DESMONTAJE DEL “EVANGELIO ÉTICO”

Quizá el aporte más contundente de Alvaro Aragón es haber desmontado el uso instrumental de la ética. Desnuda un mecanismo cuando muestra cómo la apelación constante a la “dignidad” funciona como blindaje simbólico: quien se coloca como custodio moral reduce el margen de crítica. Ese señalamiento no es coyuntural. Es teórico. Aplica a todo campo de poder. Ahí su texto deja de ser columna y se convierte en documento analítico.

Por el nivel de ambos contendientes, este intercambio no quedó en el circuito mediático. En un contexto donde el legado de Andrés Manuel López Obrador y la autonomía política de Claudia Sheinbaum Pardo son temas estratégicos, discusiones como esta son leídas con atención en los niveles más altos del poder.

No es exagerado afirmar que este debate entre periodistas llegó a Palacio Nacional. No por estridencia, sino por consistencia. La claridad con la que Aragón contextualiza el libro de Scherer, y la manera en que separa narrativa de institucionalidad, resulta relevante para cualquier equipo que piense en gobernabilidad, legitimidad y futuro político.

DOS MODELOS DE PERIODISMO

En el fondo, este debate expresa dos modelos de periodismo: el de Carlos Ramírez definido como un periodismo interpretativo militante, de alta carga simbólica, presión política y verosimilitud sin prueba dura.

El modelo Aragón determinado como un periodismo analítico estructural, objetivo, con centralidad metodológica, que distingue bien los planos y se decanta por el debido proceso. Ambos son legítimos. Pero no equivalentes. Uno persuade. El otro demuestra.

A la luz del metaanálisis y de la columna publicada en Voces Nacionales, el balance es claro: Alvaro Aragón mostró mayor profundidad teórica, mejor manejo histórico, rigor metodológico, claridad epistemológica y menor dependencia retórica

Mientras Ramírez construyó una narrativa de desgaste, Aragón construyó un marco de comprensión. Eso marca la diferencia entre el comentarista influyente y el analista sólido.

El libro de Scherer pretendía instalarse como documento moral definitivo. La narrativa de Ramírez reforzaba ese intento desde la sospecha acumulada. La columna de Álvaro Aragón hizo lo que pocos hacen: le puso límites racionales al mito. Lo regresó a su dimensión real: memoria política, no tribunal histórico.

En tiempos de polarización, ese gesto es más valioso que cualquier denuncia espectacular, porque sin método no hay verdad y sin verdad sólo queda propaganda. En ese terreno, Alvaro Aragón fue más certero, más contundente y más profundo.

Y por eso, su texto no solo ganó un debate periodístico, sino que también elevó el nivel de la discusión pública.

LEER LAS COLUMNAS QUE GENERARON EL DEBATE:

EL FALSO EVANGELIO ÉTICO DE JULIO SCHERER

AMLO, SCHERER, JESÚS, EXONERAR O LEVANTAR EL VELO DE IMPUNIDAD