Gustavo de Hoyos Walther
En las últimas semanas ha sido claro el problema con el populismo autoritario en lo que respecta al sector salud. Me refiero, por supuesto, al brote de sarampión más severo en décadas en nuestro país. Con un acumulado de nueve mil 478 casos confirmados y 29 defunciones entre 2025 y febrero de 2026 la situación es verdaderamente preocupante, debido a que México está en riesgo de perder su certificación como nación libre de sarampión ante la Organización Panamericana de la Salud (OPS).
En efecto, la OPS señaló que en 2024 la cobertura de la primera dosis fue del 80 por ciento, pero que esta cayó al 69 por ciento para la segunda dosis, muy por debajo del 95 por ciento necesario para la inmunidad colectiva. El sector de la población más afectado es el de los menores de un año (con una tasa de incidencia de 52.68 por cada 100 mil habitantes) y niños de uno a cuatro años.
Aunque el brote comenzó en el norte, este se ha extendido a gran parte del país y continúa su evolución. Todo esto debería considerarse una tragedia, pues se supone que las campañas de vacunación para el sarampión constituían ya un avance civilizatorio innegable.
Lo que hay detrás es, en el sentido profundo, el triunfo electoral de una posición política con muy malas ideas de lo que significa la vida en sociedad, así como del cuidado que nos debemos guardar unos hacia otros.
Pero lo que es un problema en lo que tiene que ver con la acción del Estado podría ser una oportunidad en lo que respecta a la colaboración de este con la iniciativa privada.
Hace poco se anunció un proyecto de colaboración entre Birmex, la empresa farmacéutica mexicana, Laboratorios Liomont, y la compañía estadounidense Moderna con el fin de producir vacunas de ARN mensajero en México.
Esta tecnología revolucionaria será crucial en la expansión de una nueva generación de vacunas que ahora prometen ser efectivas en la cura de enfermedades como el cáncer. Lo que se viene en los próximos cinco años podría transformar incluso la naturaleza humana, esperemos que para bien. Las naciones que estén preparadas para estas innovaciones de alto espectro podrán ingresar a un estadio más elevado de desarrollo y prosperidad.
Estas inversiones público-privadas en biotecnología, si se hicieran con la atingencia debida, podrían constituir un paradigma atendible hacia el futuro.
Lo que no podemos seguir permitiendo es el brote de irracionalidad anticientífica que caracterizó – y hasta cierto punto sigue caracterizando – al sexenio anterior. Hay que recordar que, en su momento, el Presidente censuró a los científicos por ser científicos y colocó en puestos de gran responsabilidad a funcionarios a la vez incompetentes y obnubilados.
Hoy que la cuarta revolución industrial promete una transformación sin igual en la forma en que vivimos y producimos riqueza bien haríamos en promover una visión racional, científica y razonable de la vida política y cívica.
