El regreso del sarampión no es casualidad

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Luis Javier Cortés Adame

En la última semana el sarampión volvió a la conversación pública, pero no como asunto sanitario sino como disputa política. Entre culpas cruzadas y descargos de responsabilidad, el virus avanza sin atender a narrativas. Los datos oficiales al 16 de febrero son claros: 9,850 casos confirmados acumulados en 2025–2026; 25,799 casos probables; 31 defunciones asociadas; una tasa de incidencia nacional de 4.82 por cada 100,000 habitantes, y presencia del brote en las 32 entidades federativas y 354 municipios. No es un episodio aislado ni un problema focalizado: es un brote nacional.

Hay tres hechos que merecen atención. El primero es epidemiológico. El grupo más afectado no es el de adultos escépticos ni el de poblaciones marginales invisibles: son las y los niños pequeños. Los menores de un año registran una tasa de incidencia de 54.12 casos por cada 100,000 habitantes. Les siguen las niñas y niños de 1 a 4 años con 16.73, y el grupo de 5 a 9 años con 11.37. Es decir, quienes aún no completan esquemas o dependen críticamente de la inmunidad colectiva son hoy los más expuestos. Cuando la cobertura cae, el primer impacto se concentra en la primera infancia.

El segundo hecho es estructural. De acuerdo con la Organización Panamericana de la Salud (OPS), la cobertura de vacunación contra el sarampión en México se deterioró en los últimos años. La primera dosis pasó de 97 % en 2018 a 79.8 % en 2024, con un desplome particularmente marcado tras la pandemia. La segunda dosis cayó de 99 % en 2018 a 68.9 % en 2024. En enfermedades altamente contagiosas como el sarampión —cuyo número reproductivo básico es de los más altos en epidemiología— pequeñas caídas en cobertura generan grandes brotes.

El tercer hecho es presupuestal. Según los Informes sobre la Situación Económica, las Finanzas Públicas y la Deuda Pública de la Secretaría de Hacienda, entre 2022 y 2025 el programa de vacunación acumuló un subejercicio de 40,905.7 millones de pesos, casi 60 % del presupuesto originalmente aprobado para ese periodo (alrededor de 63 mil millones). En 2022 se ejerció apenas 25 % de lo aprobado, dejando sin utilizar 22,668 millones en plena etapa de recuperación post pandemia. En 2023 y 2024 el patrón se repitió, con más de 9 mil millones de pesos sin ejercer cada año. No se trata de un ajuste marginal ni de una falla administrativa puntual: es una reducción persistente en una de las intervenciones más costo-efectivas del sistema de salud.

Tres hechos. Tres fuentes oficiales. La caída en la cobertura de vacunación precede al brote; el subejercicio presupuestal acompañó esa caída, y hoy el impacto se observa en la población más vulnerable. México ha sido históricamente un país que cree en las vacunas. Las campañas nacionales lograron, durante décadas, coberturas superiores a 95 % y la eliminación de enfermedades que antes llenaban hospitales pediátricos. Esa cultura sanitaria no desapareció. De hecho, se refleja en la respuesta actual: brigadas desplegadas, jornadas intensivas y una Secretaría de Salud que ha salido decididamente a inmunizar. Esa es la ruta correcta.

El regreso del sarampión no es casualidad. Es la primera consecuencia visible de un sistema de salud que fue debilitado durante el sexenio anterior: menor cobertura de vacunación, subejercicios presupuestales persistentes y una red de servicios fragmentada. Y puede no ser la única señal. La caída en consultas de especialidad, el retroceso en la vacunación contra VPH y el aumento del gasto de bolsillo son otros síntomas que ya se han documentado y que podrían profundizarse si no se corrige el rumbo.

Las enfermedades prevenibles suelen ser el primer termómetro del deterioro institucional. Si no se reconstruyen capacidades básicas —financiamiento oportuno, planeación multianual y ejecución efectiva— el sarampión no será una excepción aislada, sino el aviso de problemas mayores. México cree en las vacunas y lo demuestra cuando se le convoca. Ahora toca que la política pública, más allá de la reacción inmediata, esté a la altura de esa convicción y reconstruya de manera estructural lo que se debilitó.