Mario Campos
Esta semana Mark Zuckerberg fue noticia pero no el lanzamiento de un nuevo producto o una nueva funcionalidad en Facebook, Instagram o WhatsApp, sino por el juicio en el que tuvo que participar, acusado de desarrollar productos adictivos que ponen en riesgo a niñas y niños.
La sesión, que fue en Los Ángeles, es solo el caso más reciente de un conjunto de acusaciones que tienen a esa y otras empresas como TikTok en el banquillo de los acusados, unas veces en Estados Unidos, otras en Europa.
Se trata de casos diversos en los que las compañías creadoras de estas redes sociales están sujetas a un escrutinio como nunca antes. Ya sea por desarrollar productos adictivos o por interferir –como dice Francia– en la conversación pública para manipularla a través de sus algoritmos.
El tema avanza semana a semana. A veces en la cancha de la justicia, a veces, desde el poder Legislativo –que prohíbe o regula el acceso para menores de 15 años como en Dinamarca o Francia–, a veces desde el propio poder Ejecutivo como en España.
Lo que está claro es que ya hay una conversación cada vez más amplia sobre las consecuencias del uso de las redes y las implicaciones, lo mismo para grupos más vulnerables, que para la democracia en su conjunto.

¿Y en México quién está hablando de esto? Para decirlo rápido: nadie o casi nadie. Hace unos meses el primero en alzar la mano fue el gobierno de Querétaro aunque el tema no prendió. Ahora hay algunas voces desde los estados –como Michoacán– que parece que le quieren entrar al tema, sin embargo, en realidad es muy poco lo que se está discutiendo.
Entiendo parte del silencio si pensamos la cantidad de problemas que ya tenemos en México como la violencia, la crisis de desaparecidos, el estancamiento de la economía, pero un país como el nuestro debería ser capaz de discutir sobre esos temas y al mismo tiempo abrir espacios para deliberar sobre las consecuencias de la tecnología y la responsabilidad de empresas, estado y ciudadanos.
El debate incluso debería estar impulsado desde las Universidades y espacios educativos en general, pues se trata de sectores que han vivido en primera fila los efectos en campos como el aprendizaje, la salud mental o la socialización de niñas, niños y adolescentes. Hasta ahora, mientras el tema sigue creciendo en el resto del mundo, en México hay un silencio que puede resultar comprensible, pero que es preocupante cuando entendemos todo lo que está en juego con ese debate.
Veremos si pasando el mundial –que habrá de comerse buena parte de la conversación pública– en el país somos capaces de subirnos al debate global, y finalmente tomamos en serio una discusión que hasta ahora nos parece muy lejana, aunque impacte todos los días en millones de mexicanos que pasan buena parte de su día en un ecosistema digital del que cada día hay más motivos de preocupación.
