Ulises Castellanos
He cubierto demasiadas escenas de muerte en este país como para no reconocer el olor metálico que deja la guerra. Hoy, mientras escribo estas líneas, pienso en los soldados caídos durante la operación contra El Mencho. Y no puedo evitar sentir una mezcla de orgullo y desolación. Orgullo, porque cumplieron su deber hasta el final. Desolación, porque cada uno de ellos representa una historia truncada, una madre que no dormirá en paz, un hijo que crecerá sin el abrazo paterno.
Hace más de treinta años que miro México a través del visor de una cámara o de las teclas de una laptop. He visto cómo la violencia se ha comido el alma de comunidades enteras, cómo el miedo se volvió rutina y cómo el crimen organizado aprendió a desafiar al Estado como si fueran iguales. Pero no lo son. Por más poder que acumulen los cárteles, nunca podrán tener lo que distingue a un Estado: legitimidad, deber y sacrificio.
Por eso, la muerte de nuestros soldados no es una derrota, aunque duela como tal. Es la medida humana del precio que estamos pagando por sostener un país que todavía se resiste a rendirse. Ellos no cayeron en vano. Su entrega nos recuerda que la patria no es una palabra gastada del protocolo oficial; es una responsabilidad que alguien debe cargar a cuestas, incluso cuando la mayoría prefiere mirar hacia otro lado.

En las redacciones solemos hablar de “bajas” o “elementos caídos”, como si el lenguaje pudiera aligerar la tragedia. Pero detrás de cada titular hay rostros, compañeros, silencios. Pienso en los que salen sin saber si volverán. En quienes duermen en tierra desconocida, sin familia cerca, con el arma sucia y el ánimo desgastado, pero con el uniforme limpio. Ellos sostienen una realidad que a veces olvidamos: que la libertad necesita guardianes.
La operación que buscó desmantelar a una de las estructuras criminales más temidas del país fue un golpe certero, sí, pero también un recordatorio de lo frágil que es nuestra paz. El Estado mexicano mostró fuerza y coordinación, sin duda. Pero lo que más debería importarnos es el valor humano que hay detrás de esa fuerza: la carne y la sangre que la hacen posible.
En México nos cuesta hablar del heroísmo sin caer en el discurso vacío. Pero acaso hoy sea necesario hacerlo. Porque cada soldado que muere defendiendo a los demás forma parte de una trinchera moral que nos pertenece a todos. Ellos pelean por sostener un orden que, a veces, la misma sociedad pone en duda.
Yo no puedo mirar estas noticias con distancia. Después de tantos años cubriendo tragedias, una parte de mí se ha endurecido, pero otra sigue reconociendo el dolor ajeno como propio. Y me duele el país, me duelen esos muchachos, me duele que a veces olvidemos que sin ellos no hay mañana posible.
No sé si algún día México logrará encontrar la paz que tanto promete y tan poco alcanza. Pero sí estoy seguro de algo: mientras haya quienes estén dispuestos a ofrendar la vida para que otros sigan con la suya, este país seguirá teniendo esperanza. Porque la fuerza del Estado no está solo en sus armas ni en sus leyes, sino en la valentía silenciosa de quienes, en medio de la oscuridad, siguen creyendo que vale la pena defenderlo.
