El negocio detrás de Chevron Park: alcohol, conciertos y uso privado del estadio Emilio Ibarra Almada

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Alvaro Aragón Ayala

El Estadio Emilio Ibarra Almada, hoy comercialmente llamado Chevron Park, no es una propiedad privada. Es un bien público. Pertenece al Ayuntamiento de Ahome. Fue construido con recursos públicos. Su razón de ser es el deporte, la recreación familiar y la cohesión social.

Sin embargo, periódicamente el recinto deja de ser estadio y se transforma en un centro masivo de venta de alcohol bajo el formato de espectáculo. Caray: ¿En qué momento un espacio concebido para promover deporte y salud terminó convertido en un modelo de negocio centrado en el consumo masivo de bebidas alcohólicas?

Todo apunta a que el giro ocurrió con la llegada de Luis Roberto Ontiveros Zaragoza, quien bajo el ropaje de director de Pacífico Fondo Empresarial Chevron/Chevron Park, en alianza operativa con el Club Cañeros de Los Mochis -concesionario del inmueble- transformó el objetivo del estadio.

Y el cambio no fue únicamente de nombre. Fue también de naturaleza. El viejo Emilio Ibarra Almada, símbolo deportivo de la ciudad, fue sepultado bajo una marca comercial y convertido periódicamente en lo que hoy muchos describen sin rodeos: la cantina nocturna más grande del noroeste del país.

Desde luego, para el empresario el negocio es rentable. Cada concierto o espectáculo masivo representa ingresos millonarios. Eso nadie lo discute. Sin embargo ¿Cuánto de ese dinero ingresa realmente al Ayuntamiento de Ahome, propietario del estadio?.

En efecto, una cosa es complementar la operación de un recinto deportivo con eventos comerciales y otra muy distinta es modificar por completo la orientación del modelo hasta convertir el estadio en una plataforma recurrente de consumo masivo de alcohol.

El estadio es un bien público y, por tanto, tiene un fin público. El concesionario no puede alterar su naturaleza esencial. Que se sepa, el contrato/concesión no prioriza eventos, cuyo principal ingreso proviene del alcohol. No se está respetando entonces el objeto original del inmueble y el interés deportivo y social está siendo subordinado al interés comercial.

¿Por qué una obra costosa, financiada con dinero público, terminó, pues, operando bajo un esquema que privilegia la acumulación privada? El Fondo Empresarial Chevron puede presentarse como le de la gana, como filántropa, promotora del deporte y la salud, pero cuando su logística gira alrededor de barras masivas de alcohol y su ingreso principal proviene de la venta de bebida, la compañía se constituye como promotora del vicio a gran escala.

El engaño, entonces, está a la vista: el Fondo Empresarial que regentea Luis Roberto Ontiveros no es humanista, no es promotor de la cultura, sino de la degradación social. No le interesa impulsar el deporte, sino instalar barras con venta de cerveza y otro tipo de alcohol. La compañía no le apuesta a la salud de nadie; agiliza el exceso.

No, no se trata de adoptar una pose moral ni de construir narrativas de superioridad ética. En el fondo, concretamente, es una cuestión elemental de congruencia toda vez que un estadio municipal no puede ser operado como si fuera propiedad privada ni redefinido únicamente por su rentabilidad comercial fomentando el vicio.

Si el modelo dominante es la explotación intensiva del consumo de alcohol, entonces no se está ante una oferta deportiva y cultural legítima sino ante una estrategia mercantil que utiliza el espectáculo como envoltura. Queda flotando en el aire que se respira en Los Mochis la pregunta: ¿El estadio, como espacio público, se construyó y existe para fortalecer los lazos de la comunidad y fomentar el deporte o para maximizar utilidades privadas?