La libertad para decidir qué hacer con el tiempo se convierte cada vez más en un privilegio: al menos seis de cada 10 mexicanos carece de esa autonomía.
Ariadna Ortega y Shelma Navarrete
A las 7:00 de la mañana suena el despertador. Jorge Martínez desayuna y se alista rápidamente para salir de su casa, en Chimalhuacán, Estado de México. El viaje es largo, debe llegar a su trabajo en la alcaldía Miguel Hidalgo, en la Ciudad de México.
A la misma hora, Naby Cantú, de 40 años, se despierta. Toma una taza de té, sale a pasear a su perro, y cuando regresa a su departamento, en la colonia Hipódromo Condesa, lee las noticias y comienza a contestar correos. Él trabaja en la industria del cine, así que un día puede coordinar grabaciones y otro puede pasar horas escribiendo. No necesita desplazarse a diario a su centro de trabajo, por lo que tiene tiempo para ir al gimnasio o realizar calistenia en un parque cercano.
Cerca de las cuatro o cinco de la tarde, termina sus actividades y, para cerrar el día, suele ver alguna película junto a su novia. Antes de dormir, Cantú se da un espacio para estudiar un idioma o leer un libro. Mientras, a sus 29 años, Martínez llega agotado a su casa, alrededor de las nueve de la noche, e, incluso, a veces adelanta pendientes laborales antes de irse a la cama.
La autonomía de elegir qué hacer con el tiempo es cada vez más un privilegio. En México, 84.2 millones de personas padecen pobreza de tiempo, una situación en la que una persona enfrenta cargas considerables de trabajo y, por tanto, ve reducida su capacidad para decidir cómo asignar las horas de su día, con implicaciones negativas para su bienestar y su desarrollo.
“Todas las personas tenemos 24 horas al día, lo que difiere entre distintos grupos de la sociedad es la capacidad de decidir libremente cómo las utilizamos”, explica Efrén Pérez, gerente de Gestión del Conocimiento de Oxfam México.
Las personas en esta situación tienen su día ocupado casi por completo por actividades obligatorias que incluyen el trabajo remunerado y no remunerado –como las labores de cuidado y del hogar– así como traslados. Martínez lo vive todos los días. “El transporte público me absorbe demasiado, a diario vienen siendo como seis horas casi, que me podrían haber servido para otras actividades”, dice.
La pobreza de tiempo está cruzada por la desigualdad económica: el 1% más rico de la población de México puede disponer de más horas de sueño, de estudio y de trabajo remunerado. Es decir, mientras que un hombre en este grupo poblacional tiene 8.6 horas para actividades de descanso, traslado u ocio, un hombre del 10% más pobre solo cuenta con ocho horas, indica el estudio ‘Oligarquía o democracia’, de Oxfam México.
“Lo que observamos es que las personas, conforme tienen mayores ingresos, tienen más posibilidad de adquirir bienes o servicios que les facilitan tener mayor tiempo libre”, indica el especialista del organismo.

La desigualdad de tiempo por género
La pobreza de tiempo afecta más al sexo femenino. Mientras una mujer del 10% más pobre de la población dedica 11.5 horas de su día a labores de cuidados, los hombres de cualquier nivel de ingresos dedican solo entre 4.2 y 4.7 horas a las mismas tareas.

Rosa Quiroz vende pan y café afuera de la estación Santa Marta de la línea A del metro. Despierta entre las 7:00 y 8:00 de la mañana, prepara el desayuno, alista a su bebé de cuatro meses de edad y sale junto a su esposo a trabajar en su puesto.
Atiende clientes hasta las 11 de la noche, mientras, en un canguro, carga a su hijo. Entre venta y venta, se da tiempo para alimentar a su bebé, lo cambia y juega con él. Antes de la medianoche, limpia y cierra su puesto, su esposo va por ella y regresan a su casa en Los Reyes, Estado de México. Tras una larga jornada, se mete a la cama cerca de la una de la madrugada.
El caso de Quiroz refleja también otro aspecto de los distintos frentes de la pobreza de tiempo: la informalidad que afecta más a las mujeres. De acuerdo con datos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo del INEGI, el 55.9% de las mujeres que tenían un empleo al tercer trimestre de 2025 estaban en esa condición.
“Ahí encuentran una mayor flexibilidad que les permite compaginar la carga de cuidados con la participación laboral”, detalla Fernanda García, directora de Sociedad del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO).
Este tipo de casos se debe a que, socialmente, a las mujeres se les ha asignado la responsabilidad de las tareas de cuidados y del hogar, trabajo que no es remunerado. “Ese tiempo que se dedica a esas actividades impide la realización de otras, como la participación educativa, económica, política, social y de autonomía personal. Es lo que genera pobreza de tiempo”, detalla Mónica Orozco, directora de la organización GENDERS e investigadora asociada del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY).
Ante el déficit de lugares públicos para la atención de niñas y niños, así como para personas de la tercera edad y con discapacidad, desde los gobiernos se han hecho esfuerzos para hacer frente a la necesidad. La Ciudad de México, el estado de Jalisco y el municipio de Monterrey, en Nuevo León, por ejemplo, han comenzado con la construcción de sus sistemas públicos de cuidados; mientras que, a nivel federal, la presidenta Claudia Sheinbaum impulsa la consolidación del Sistema Nacional de Cuidados.
Pese a los cambios que se han impulsado desde la sociedad civil, como la reforma para reducir a 40 horas por semana la jornada laboral, García advierte que las personas que trabajan en la informalidad deben laborar más horas al percibir menos ingresos, carecen de acceso a seguridad social, de certidumbre jurídica, de ahorro para el retiro y de los derechos establecidos en la Ley Federal del Trabajo.
El balance trabajo-vida
Aunque el concepto de pobreza de tiempo y su medición aún están en desarrollo, la Organización para las Naciones Unidas (ONU) plantea que se refiere a la situación en la que una persona enfrenta una carga considerable de tareas o demandas que reduce su capacidad para tomar decisiones sobre cómo asignar su tiempo.
“La pobreza de tiempo se refiere entonces a que los individuos extremadamente presionados por el tiempo son incapaces de asignar el suficiente tiempo a actividades importantes y, por lo tanto, se ven obligados a tomar decisiones difíciles sobre cómo distribuirlo, con implicaciones negativas para su bienestar”, señala el ‘ Cuaderno de trabajo pobreza y tiempo: Una revisión conceptual ’.

Los mexicanos enfrentan jornadas extensas y salarios bajos. De acuerdo con el informe ‘ Perspectivas de empleo de la OCDE 2025 ’, trabajan en promedio 2,308 horas al año, la cifra más alta entre los países pertenecientes a la organización, con un sueldo promedio de 20,423 dólares, el más bajo.
Esta situación se refleja en el bienestar de los trabajadores mexicanos, pues el 51% reporta altos niveles de estrés diario y el 70% afirma haber experimentado burnout. “Es la lectura de lo que puede suceder cuando no hay este balance trabajo-vida”, explica José Luis Aguilera, director de Right Management de ManpowerGroup.
Al respecto, detalla que hay empresas que implementan estrategias para equilibrar la jornada laboral con el tiempo personal, al pasar de “una cultura de horas a una cultura de resultados”, es decir, medir el desempeño por entregables y no por tiempo de presencia.
Otro aspecto es la flexibilidad estructural, que no es solamente el home office, sino esquemas híbridos bien definidos, con horarios escalonados, semanas comprimidas o, incluso, dinámicas que faciliten un mayor equilibrio cuando el negocio lo permita.

Un ejemplo más es invertir en bienestar organizacional y desarrollo. “Anteriormente, veíamos que se podían mover por unos pesos de una organización a otra, hoy, las personas se mueven por bienestar organizacional o lo que se ofrece para su plan de carrera o desarrollo”, precisa Aguilera.
Medidas hacia el bienestar
Para un segmento de la población, a las horas de actividades remuneradas se suman los tiempos de traslados que las personas deben recorrer –hasta cinco y seis horas– para acceder a oportunidades de trabajo y estudio.
El reporte ‘ América Latina y el Caribe en la mitad del camino hacia 2030 ’, de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), señala que los mexicanos dedican en promedio 71 minutos diarios en transporte público para ir y regresar del trabajo; aunque en metrópolis como la Ciudad de México, Guadalajara o Monterrey, los tiempos de traslado aumentan, pues existen problemas de densidad poblacional, infraestructura limitada y carencias en movilidad.

Al respecto, Víctor Hugo Pérez, coordinador del Área de Pobreza del Instituto de Investigaciones para el Desarrollo con Equidad (Equide) de la Universidad Iberoamericana, considera relevante la inversión en transporte público eficiente, seguro y accesible, a la par de la construcción de viviendas asequibles cerca de los centros laborales, de educación y de cuidados.
Araceli Damián, secretaria de Bienestar e Igualdad Social de la Ciudad de México, apunta que los seres humanos son seres completos, cuyas necesidades van más allá de comer y dormir, pero no todos los mexicanos tienen el espacio para realizar otras actividades.
“[El ser humano] necesita tiempo para aprender el lenguaje, la convivencia, crear lazos familiares de afecto y pertenencia, y eso se hace a través de la convivencia diaria. Hay hogares en los que se tiene que trabajar tanto tiempo que no les da suficiente tiempo para poder realizar esas actividades”, señala la funcionaria.
El día a día de Martínez y de Cantú demuestra las distintas realidades. Mientras que uno pasa largas horas en su trabajo y traslados, el otro goza de ese lujo en el que se convirtió el tiempo.
“Siempre que voy a la cama pienso que me hubiera gustado tener más horas para hacer más cosas, pero lo digo desde una posición bastante privilegiada, no tengo que viajar tres horas para llegar a la chamba y trabajar 12 horas, además, no tengo hijos”, cuenta Cantú, mientras camina a media mañana por las calles de la Condesa con un café en mano.
