Austeridad y déficit, condena autoimpuesta

Share

Rolando Cordera Campos

Entre los desafíos estructurales que nos han acompañado, destaca la debilidad crónica de nuestra economía en sus relaciones con el resto del mundo. Para ir superando esta barrera, se optó por contraer deuda con países y prestamistas foráneos, al igual que con los organismos financieros, para apuntalar el desenvolvimiento de los pueblos y estados pobres. Ese recurso dio de sí, y el país hubo de encarar los embates del acreedor y someterse a las normas draconianas diseñadas por los aprendices de brujo que dominaban un mundo que resentía los efectos disciplinarios de los aspirantes a cancerberos de un orden destinado a prohijar más y más desajustes, desorden, desaliento. 

Más allá de los ominosos porcentajes con que se quería dibujar el panorama de la cuestión, lo que hoy tenemos que asumir es el daño mayor que los sucesivos “ajustes” para pagar aquella deuda nos asestaron. En diversos renglones de nuestra vida pública y estatal se resintieron esos agresivos impactos que fueron vividos como sometimiento. 

Las convocatorias para actuar en alianza contra la deuda, encabezadas por gobiernos y gobernantes del “tercer mundo”, destacadamente por Fidel Castro y sus ciudadanos, fueron abatidas por la dura realidad de los encuentros y valores entendidos entre los poderes del mundo y, junto con otras naciones, nos adentramos en las profundidades de las décadas perdidas. 

Eso nos marcó, sobre todo si consideramos que sus secuelas y desafíos no reciben la atención necesaria. Aquello del cambio estructural para superar esa envenenada coyuntura pasó a retiro y cada quien buscó maneras y modos de escape de lo que parecía más bien una maldición que un dilema propio del desarrollo desigual y, añadiría algún colega trotskista, “combinado” que es propio del capitalismo, que con los días se volvía global y “único”. 

Crisis y malas sorpresas se sucedían mientras los profetas de la globalización neoliberal prometían un mundo nuevo y mejor; vinieron años de acomodo a las nuevas y ominosas realidades que se imponían a los diseños de Bretton Woods y de la segunda posguerra, hasta que llegó la “Gran Recesión” del 2008-09 y la devastadora pandemia de los años 20 del siglo XXI. Y por ahí andamos, asistiendo a traslaciones hegemónicas mientras la potencia, supuestamente en declive, se solaza con los rejuegos de la inteligencia artificial, las guerras destructivas y el espectro nuclear que traería un orden final y definitivo. 

Pero la máquina de los déficits y su secuela de austeridad impuesta sigue su curso. Poniendo en evidencia nuestras fragilidades discursivas y disonancias cognitivas, a lo largo de trayectos sin sentido ni horizonte. Realidades párvulas, pero no por ello menos dañinas, cruentas, distorsionadoras del entendimiento y la imaginación política que tanta falta hace. 

La nuestra es, aparte de todo, una encrucijada dominada por la pobreza fiscal que nos impide invertir bien y de acuerdo con lo que la economía reclama. Esta pobreza desemboca en una miseria estatal y un deterioro de nuestras relaciones básicas, indispensables para dar sostén a cualquier convocatoria para cambiar y hacer ajustes serios, empezando con la ruinosa trampa tributaria que tiene maniatado al Estado, pero también al capital, cuyas decisiones no dan otra cuenta que la pasividad resignada que no puede sino poner en cuestión su pretensión de ser emprendedores. 

Esta penuria fiscal sigue siendo tema prohibido, como lo es, sin remedio, la negación a varias voces del poder de realizar una reforma fiscal redistributiva y recaudatoria como le urge a México. Así lo entiende el mismo subsecretario de Ingresos de la Secretaría de Hacienda, Carlos Lerma Cotera, quien en la reciente sesión de la cátedra SHCP-Facultad de Economía postuló: “La política tributaria se ha apoyado en ser más eficiente que en subir impuestos (…)” (Gaceta UNAM, 18 de mayo), manteniendo así los mismos criterios, en términos del manejo económico, que gobiernos anteriores, sean transformadores o no, han hecho: cuando el déficit fiscal cruje… se recorta el gasto y la inversión pública. 

Como país y comunidad nos urge contar con certidumbres, certezas jurídicas, reglas claras para incitar y elevar la inversión; tener un Estado fuerte que cuente con la credibilidad y los ingresos necesarios para salir al paso de un estancamiento largo y corrosivo. 

Frente a la “mano invisible de los programas de ajuste”, una exigencia genuinamente transformadora reclama la mano visible del Estado social; el despliegue de voluntad política para encontrar diversas combinatorias que sumen y reorganicen el esfuerzo nacional, en función de requerimientos de nuestro desarrollo. Dar prelación a la reducción de las desigualdades y la promoción de crecimientos regionales ordenados. Ser capaces de precisar racionalmente objetivos y estrategias. En fin, recuperar el sueño y la voluntad desarrollista para modular presente y futuro sin crujidos inventados ni temores a modo del acreedor.