Lejos del repliegue, el exsecretario opera desde el epicentro del T-MEC el blindaje de la soberanía agroalimentaria y reitera su vigencia en la sucesión de la “Tierra de los Once Ríos”
Alvaro Aragón Ayala
Julio Berdegué Sacristán nunca se fue, ni ha renunciado a la jugada sucesoria de 2027 en la “Tierra de los Once Ríos”; por el contrario, se consolida como la alternativa política de mayor envergadura estratégica de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo para garantizar la estabilidad y el triunfo electoral en Sinaloa. Cuando el pasado 1 de mayo dejó la titularidad de la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural (SADER), la miopía de las facciones locales y los heraldos del desgaste interpretaron su salida como una derrota política o un desplazamiento fulminante de las esferas de poder. No obstante, un mes después, la geografía del poder federal revela que Berdegué no experimentó un repliegue, sino una calculada reubicación en el tablero de las grandes definiciones nacionales.
El mismo día de su relevo institucional, el científico y estratega agrícola delineó con precisión quirúrgica su estatus en el círculo de hierro presidencial mediante un mensaje que, leído en la coyuntura actual, cobra la dimensión de un manifiesto de permanencia: “Querida Presidenta Claudia Sheinbaum: Le doy gracias de la manera más sincera por el honor de haber servido a México y a su pueblo como miembro de su gabinete y, en adelante, en su equipo en las negociaciones internacionales sectoriales”. La clave que desarmó las narrativas de la ruptura no radicaba en la obligada cortesía de la despedida, sino en la categórica sentencia temporal: “en adelante”. En política exterior y de alta seguridad nacional, la continuidad en el círculo íntimo de la Jefa del Ejecutivo Federal se concede por rigurosa necesidad de Estado.
Los acontecimientos recientes corroboran la vigencia plena de su operación. Berdegué reapareció en la escena pública internacional al destacar con vehemencia la trascendental declaración conjunta suscrita por 161 organizaciones agroalimentarias de México, Estados Unidos y Canadá -encabezadas por el Consejo Nacional Agropecuario (CNA)-, un bloque histórico que respalda de forma unánime la renovación y el fortalecimiento del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC). Al validar este frente comercial, que concentra más del 85 por ciento del flujo agroalimentario de la región de América del Norte, el exsecretario se posiciona exactamente en el terreno que la presidenta Sheinbaum le encomendó: el control geopolítico de la seguridad alimentaria y la estabilidad de las cadenas de suministro frente a los embates climáticos y de costos globales.
Esta reaparición obliga al análisis político de altura a desmontar la narrativa de su supuesta marginación. Si Berdegué operaba las complejidades de la revisión del tratado comercial más importante del país antes de dejar la SADER, y hoy continúa al frente de dichas directrices, resulta insostenible argumentar un alejamiento de la confianza presidencial. La lectura formal es de otra naturaleza: Berdegué fue sustraído del desgaste inherente a la administración de los subsidios y las fricciones de la burocracia agraria local para ser investido como un negociador plenipotenciario. En estricta ortodoxia política, no salió de la partida; simplemente modificó su posición hacia una casilla de mayor blindaje estratégico y menor exposición mediática o desgaste prematuro.
Esta jugada de alta escuela coincide con la aceleración sorda pero inexorable de la disputa por las posiciones clave rumbo a la crucial aduana electoral de 2027. En los meses precedentes, diversas figuras de la máxima confianza de Claudia Sheinbaum han sido blanco de sistemáticas campañas de erosión y descalificación por parte de los grupos regionales de interés; una práctica recurrente en la antesala de los relevos gubernamentales. Al resguardar a Berdegué en la atmósfera técnica e internacional del T-MEC, la Presidencia de la República sustrae a su activo sinaloense más competitivo de las escaramuzas mundanas locales, preservando intactas sus cartas credenciales de pulcritud administrativa, prestigio global y nula vinculación con los escándalos de corrupción que salpican el panorama político de la entidad.
En los círculos de poder del estado de Sinaloa, la interrogante sobre el destino de la gubernatura sigue gravitando con fuerza en torno a su figura. El próximo 22 de junio se presenta como una fecha crucial en el calendario de la Cuarta Transformación, al dar inicio formal el proceso de registro de los aspirantes a coordinar y defender el movimiento en diversas trincheras. Una eventual aparición de su nombre en los registros estatales enviaría un mensaje de absoluta contundencia para las estructuras locales. Sin embargo, analistas de primer nivel advierten que una aparente ausencia en esa fecha no significaría su deserción de la contienda sinaloense, sino la validación de una hipótesis de mayor alcance político.
Dicha tesis postula que el binomio Palacio Nacional – Morena mantendrá a Julio Berdegué concentrado estrictamente en el blindaje de las mesas internacionales hasta enero próximo. Hasta ese mes sería su destape electoral. La lógica política de la Jefa del Estado es diáfana y pragmática: un operador de la estatura de Berdegué resulta inmensamente más útil blindando las fronteras económicas de la República en Washington y Ottawa, libre del lodo de las precampañas anticipadas y la confrontación facciosa local. El aparente silencio de Berdegué no es, por tanto, sinónimo de vacío o renuncia; es la tranquilidad de quien se sabe respaldado por el proyecto central del país. El debate estriba precisar el momento exacto y la plataforma desde la cual la presidenta Claudia Sheinbaum activará electoralmente a Julio Berdegué, su carta más sólida para asegurar el triunfo político de la Cuarta Transformación en la “Tierra de los Once Ríos”.
