EL REINO DE LA PALABRA

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El periodista Julio César Martínez Muñoz rindió protesta como Presidente de la Organización de Comunicadores Unidos de Sinaloa (OCUS), para el periodo 2026-2027, en sustitución de Eduardo Sánchez Encinas, cuya gestión fortaleció la unidad del gremio.

​Álvaro Aragón Ayala.

​Las naciones no se erigen únicamente sobre la solidez del asfalto, la frialdad de los presupuestos o el andamiaje ciego de sus instituciones; se fundan, ante todo, en el cauce invisible de sus relatos. Lo que una sociedad elige rescatar del olvido, lo que denuncia o celebra, depende de aquellos que ejercen el antiguo, fascinante y peligroso arte de nombrar las cosas. La palabra no es un adorno de la historia: es el espejo donde la historia se contempla y cobra conciencia de sí misma.

​Por eso, los tiranos de toda índole siempre han temido más al rumor de las rotativas – hoy sustituidas por el diarismo digital- que al estrépito de las bayonetas. Los ejércitos ocupan territorios, pero la palabra emancipa o encadena conciencias; las armas dominan la geografía inmediata, mientras que la verdad, cuando es libre, resuena a través de las generaciones.

​En el laberinto de la vida pública, Manuel Buendía comprendió temprano que el verdadero poder es una deidad que rara vez se exhibe en las tribunas oficiales. El poder real habita en la penumbra, detrás de los escritorios pulcros, en las cláusulas secretas de los contratos, en las filtraciones calculadas y en esas complicidades invisibles que sostienen las dictaduras perfectas o las democracias simuladas. Su periodismo no consistió en transcribir la versión de los amos del día, sino en desmontar sus mecanismos, piedra por piedra, con la paciencia del cirujano.

​Carlos Monsiváis, cronista de nuestras contradicciones, advirtió un peligro más sutil pero igualmente devastador: una sociedad puede perder la libertad mucho antes de que le confisquen las urnas. Basta con que el estrépito sustituya al pensamiento, que la propaganda devore a la crítica y que el fogonazo de la opinión instantánea suplante a la lenta maduración de la sospecha.

​Por su parte, Gabriel García Márquez descifró esa condición maravillosa y trágica que nos define: en América Latina, la realidad posee el pulso alucinatorio de la ficción, y la ficción, la desconcertante exactitud de la crónica. Vivimos en una geografía donde lo improbable es el pan de cada día y donde la noticia, con frecuencia, humilla a la imaginación más desbocada.

​Sinaloa encarna esta paradoja con una fiera intensidad. Es una tierra herida, donde la violencia convive con una terca esperanza; donde el miedo camina al lado de la valentía y donde el oficio de informar se ejerce con la certidumbre de que la verdad se paga, a veces, con la propia vida.

​Quizá por ello, como un acto de legítima defensa frente a la intemperie, Sinaloa ha visto florecer una vasta geografía de voluntades: desde la Asociación de Periodistas de Los Mochis, la OCUS, hasta Periodismo Independiente; la 7 de Junio, la Asociación de Periodistas de Sinaloa, Mujeres Comunicadoras, los gremios del Évora y Guamúchil, y la Red de Periodistas y Defensores de Derechos Humanos.

​Esta proliferación no es una vana acumulación de siglas o feudos, sin el testimonio de un impulso profundamente humano: la necesidad de fundar una comunidad de conciencia. Frente a la balcanización que impone el poder, el gremio responde con la conjunción. Ningún periodista puede descender al fondo del pozo en absoluta soledad. En estos espacios se comparte el fuego, se confrontan las ideas y se afilan las herramientas para interpretar la compleja comedia humana de la vida pública.

​Una democracia madura exige investigadores implacables, pero también creadores de espacios colectivos. Allí donde el periodismo dialoga consigo mismo, se fortalece la vigilancia ciudadana y el debate público deja de ser un monólogo del palacio para convertirse en un ágora vibrante. El periodismo no nació para cortejar a los gobiernos, complacer a las corporaciones o lamer la mano de los partidos; nació para interrogarlos, para desnudarlos y, cuando la decencia lo exige, para resultar intolerablemente incómodo.

EL LABERINTO DE LA INFORMACIÓN

​A esta responsabilidad histórica se suma un desafío inédito: la era de las filtraciones. Los secretos de Estado y las bajezas privadas emergen constantemente de las entrañas del poder a golpe de un clic. Pero cuidado: si bien el dato filtrado puede iluminar un abuso oculto, con igual facilidad puede transformarse en el arma de una intriga palaciega.

​Hoy, la ética consiste en resistir la prisa. El periodista contemporáneo debe ser un traductor del caos, alguien capaz de distinguir entre la verdad desnuda y la burda operación política disfrazada de primicia. La libertad de expresión no es la licencia hedonista para lanzar cualquier ruido al viento; es la sagrada responsabilidad de buscar aquello que merece ser rescatado del silencio.

​Las sociedades comienzan a morir cuando su memoria se debilita. El olvido es el territorio predilecto de la tiranía, y el periodismo existe, precisamente, como un combate poético y político contra la desmemoria. Su fin último es preservar los hechos frente a la manipulación y la conveniencia del gobernante de turno.

​En el fondo, cada unión, frente o colegio periodístico comparte el mismo fuego sagrado: defender el derecho de los ciudadanos a saber. Si una comunidad pierde la palabra, pierde la soberanía sobre su propio destino. Cuando la verdad deja de circular, la democracia no muere en el campo de batalla; agoniza en el silencio de los hogares.

​Por eso, al celebrar el Día de la Libertad de Expresión, es primordial recordar que la tarea no ha cambiado: hay que dudar, interrogar, verificar y contar. Desenterrar lo que el poder pretende sepultar bajo el cemento de la versión oficial. En esa terca voluntad de encender una lámpara en la penumbra radica la esquiva grandeza de este oficio. Los nombres pasarán, las directivas cambiarán y las generaciones se sucederán en el eterno retorno de la historia; pero la palabra libre permanecerá como el único patrimonio inalienable de los hombres libres.