Ricardo del Muro
A 32 años de la rebelión armada del primero de enero de 1994, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) enfrenta una difícil paradoja: el movimiento sigue vigente para las comunidades indígenas de Chiapas y en el imaginario político; sin embargo, Marcos y otros dirigentes históricos han envejecido y varios han fallecido. Los Acuerdos de San Andrés continúan sin cumplirse y, hace tres años, ante la amenaza del crimen organizado, se cerraron los Municipios Autónomos.
Hoy es difícil prever el alcance de las nuevas estructuras de gobierno comunitario, los llamados GAL o Colectivos de Gobierno Autónomo. Aun en la marginación y el olvido gubernamental, recordó hace un año Marcos, las comunidades indígenas han resistido una larga lista de adversidades.
“¿Ustedes creen que las comunidades zapatistas se van a amedrentar por el silencio, las calumnias, las redes sociales, el crimen desorganizado, la Guardia Nacional, el Ejército federal, la Marina, los paramilitares, los criminales, las pandemias, los desastres naturales, Trump, Putin, la 4T, el olvido, el desprecio, la mentira?”, cuestionó el emblemático enmascarado al participar en el aniversario del movimiento, denominado “Resistencia y Rebeldía”, realizado hace un año en San Cristóbal de las Casas, Chiapas.
Hace 25 años que los zapatistas rompieron con Andrés Manuel López Obrador, quien no apoyó la inclusión constitucional de la autonomía planteada en los Acuerdos de San Andrés. Desde entonces mantienen su distancia con el actual gobierno de Morena y con todos los partidos políticos; no participaron en las elecciones de 2024 y rechazan los apoyos gubernamentales y los megaproyectos morenistas como el Tren Maya y la autopista Palenque–San Cristóbal, uno de los planes estratégicos del actual gobierno chiapaneco.
Marcos es un enigma porque, a diferencia de los dirigentes políticos tradicionales, eligió borrar su identidad individual (¿Rafael Sebastián Guillén Vicente?) para que el movimiento no dependiera de su liderazgo. El EZLN, a su vez, enfrenta un destino igualmente enigmático, pues mantienen como principal demanda el reconocimiento constitucional de la autonomía planteada en los Acuerdos de San Andrés, y el reto de los Gobiernos Autónomos Locales (GAL) es garantizar la seguridad comunitaria y lograr su sustentabilidad económica y política.
El problema principal para el zapatismo en el ámbito local –señaló el politólogo Neil Harvey en un artículo publicado en 2019– ha sido lograr la sustentabilidad económica y política de los municipios autónomos. La autonomía es un desafío para el propio Estado y, por ello, el gobierno en sus diferentes niveles, ha buscado desarticularlos mediante acciones como la militarización, el gasto social y las disputas agrarias.
También hay limitaciones en los propios proyectos zapatistas, que han provocado en varias comunidades la salida de parte de sus bases de apoyo. Por ejemplo –indicaba–, la falta de trabajo o de acceso a tierras para una nueva generación de jóvenes los ha llevado a migrar al norte del país o hacia Estados Unidos; la preocupación de que algunas de las escuelas zapatistas no están suficientemente capacitadas para llevar a cabo sus planes de educación; así como la falta de apoyos en las comunidades más apartadas, donde las familias zapatistas son minoría y sus condiciones económicas son más vulnerables que en los asentamientos localizados en las tierras de mejor calidad, las cuales fueron recuperadas después de 1994.
En este contexto –observó Harvey–, la decisión de seguir en resistencia no es nada fácil y corresponde a diversos factores, incluidas las condiciones de vida de las propias bases de apoyo. Por lo tanto, no debe sorprender que diversos analistas hayan puesto cada vez más atención en la cuestión de la sustentabilidad de la autonomía.
Sin embargo, el 5 de noviembre de 2023, se difundió el comunicado Cuarta parte y primera alerta de aproximación. Varias muertes necesarias, en el que el subcomandante Moisés informó: “Desde hace meses, tras un largo y profundo análisis crítico y autocrítico, y de consultar a todos los pueblos zapatistas, se decidió la desaparición de los Municipios Autónomos Rebeldes Zapatistas (MAREZ) y de las Juntas de Buen Gobierno (JBG)”, para ser reemplazados por una red de Gobiernos Autónomos Locales (GAL)”.
No se sabe con certeza cómo la nueva estructura comunitaria impactará la capacidad de los zapatistas para mantener su autonomía, señala un artículo basado en un texto del historiador Jérôme Baschet, titulado “Autonomía zapatista: ¿Un experimento destituyente?”, publicado el 14 de julio de 2025 en la revista Harvard International Review.
Los problemas del movimiento zapatista –señala el artículo– son quizá demasiado grandes como para ser abordados únicamente desde reflexiones abstractas sobre la teoría política anarquista. Primero, una estructura política descentralizada puede empeorar el problema del aislamiento económico y político, especialmente en un estado rural como Chiapas, donde las personas pueden vivir a kilómetros de distancia de sus vecinos más cercanos. Segundo, el EZLN ha predicho que habrá “miles de GAL zapatistas”, pero aumentar el número de unidades políticas podría dificultar el logro de consensos y fomentar divisiones dentro del movimiento.
En la víspera del 32 aniversario del EZLN, las consecuencias del aislamiento en que se han mantenido los zapatistas son visibles en el terreno social. Pese al discurso populista del gobierno morenista, los municipios indígenas de Chiapas –zapatistas o no– se mantienen entre los más pobres del estado y del país. Los indicadores de marginación, rezago educativo, falta de servicios de salud y precariedad económica siguen marcando la vida cotidiana de las comunidades. El futuro del zapatismo, como el propio Marcos, permanece envuelto en la incertidumbre.
