Leonor Gómez Otegui
México cerró el 2025 con una gran noticia: de acuerdo con cifras oficiales, somos el segundo país con menor desempleo (2.7%), tan sólo por detrás de Japón (2.6%). De hecho, de acuerdo con el IMSS y con su titular Zoé Robledo, de enero a noviembre del año pasado se crearon más de 599 mil empleos formales. Un aspecto a destacar es el aumento de la participación laboral de las mujeres mexicanas, que según el mismo organismo fue de aproximadamente cuarenta por ciento respecto del año anterior.
El logro no es menor. En los últimos años la tendencia de la informalidad en nuestro país ha venido a la alza. Sin embargo, la confianza en México ha permitido que la atracción de Inversión Extranjera Directa (IED) registre niveles históricos, que forman parte de esa cadena virtuosa en términos laborales. Tan sólo en los primeros tres meses del 2025, por ejemplo, nuestro país recibió 40 mil millones de dólares en IED, estableciendo un nuevo récord de acuerdo a la Secretaría de Economía.
A esto hay que sumar los efectos positivos de la política de incremento salarial, iniciada el sexenio anterior y afianzada en el primer año de gobierno de la doctora Claudia Sheinbaum. A partir del 1 de enero de este 2026, como sabemos, el salario mínimo pasó de doscientos setenta y ocho pesos con ochenta centavos a trescientos quince pesos con cuatro centavos, y en la Zona Libre de la Frontera Norte (ZLFN), de cuatrocientos diecinueve pesos con ochenta y ocho centavos a cuatrocientos cuarenta pesos con ochenta y siete centavos. Desde 2018, el salario mínimo ha aumentado en un ciento cincuenta por ciento en términos reales.
Contrario a lo que se pensó durante el periodo neoliberal, el incremento salarial ha fortalecido los ingresos de las familias mexicanas, sin generar efectos adversos en la política fiscal. Diversos estudios de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) han señalado en reiteradas ocasiones que el aumento en el salario mínimo no sólo aumenta el poder adquisitivo de las personas, sino que también estimula el consumo, generando un círculo positivo en términos de flujo de capital. Y todo ello sin considerar que además es una de las herramientas de política económica más importantes para reducir la pobreza laboral.
El anuncio del Gobierno de México, en vísperas del año nuevo, confirma que en nuestro país los sectores más vulnerables viven distinto a las épocas del pasado. Es importante decir también que las formas de medir el bienestar económico, ya no son las mismas que se usaron por años. Aquellas mediciones macroeconómicas que presumían los gobiernos de antaño, números fríos y lejanos a la realidad nacional, quedaron desfasadas cuando hablamos de bienestar, humanismo y justicia social.
Hoy, por ejemplo, 32 millones de familias mexicanas reciben un apoyo a través de los programas sociales, que ya forman parte de la Constitución. Y ese apoyo, hay que decirlo, es fundamental para que estos hogares se sumen a la cadena de consumo y por ende, puedan satisfacer necesidades elementales que antes no podían.
Decir que México inicia 2026 como el segundo país con menor desempleo es por supuesto un logro en todos los sentidos. La transformación, que hoy vive su segunda etapa con la presidenta Sheinbaum, atiende las causas estructurales de la desigualdad y la falta de oportunidades. La creación del “Bachillerato Nacional”, la inauguración de más de ochenta preparatorias nuevas y de ocho sedes nuevas de la Universidad Rosario Castellanos, hablan del compromiso con el futuro educativo de las nuevas generaciones.
Diversos estudios económicos, a través del tiempo, han demostrado que la educación y su relación con el capital humano, es uno de los factores más importantes en términos de bienestar y crecimiento económico. Por ello, los cambios impulsados en el sistema educativo nacional, que hasta antes segregaba y dejan fuera a millones de jóvenes; representan la primera piedra de la transformación económica y social que está viviendo nuestro país. Al contar con jóvenes preparados, no sólo se cambia la realidad de millones de familias, sino también se avanza en la mejora de los procesos productivos del país, frente a un mercado altamente competitivo.
El 2025 fue un año lleno de retos, principalmente ante los embates y amenazas de la imposición de aranceles, por parte de Estados Unidos. Pese a ello, el Gobierno de México mantuvo la inflación controlada, evitando que los impactos de esas decisiones de política económica internacional, golpearan a las familias de menos recursos. Ello sin hablar de la estabilidad del peso mexicano, que cerró el año con margen de dieciocho pesos por dólar.
La fortaleza y estabilidad del mercado laboral mexicano no es fortuita. Las y los mexicanos han refrendado su confianza en la presidenta Sheinbaum, quien cierra el 2025 con una extraordinaria aprobación en su mandato; porque en México se vive mejor que antes. Y efectivamente, este año que viene será mejor. La transformación sigue avanzando.
