AMLO: ¿rodeado de ángeles?

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Alejandro Jiménez

La comidilla de la semana es el libro autoexculpatorio de Julio Scherer, Ni venganza ni perdón, en el que cuenta su visión de lo que fue la 4T, a partir de su propia relación con Andrés Manuel López Obrador.

En su relato todo es maravilloso, salvo dos personajes, sus enemigos: Jesús Ramírez Cuéllar y Alejandro Gertz Manero. Personas químicamente malas, según este relato.

Ramírez ya rechistó, negando todo, en una extensa carta carente de ideas propias, pero donde resalta con acierto que los dichos del exconsejero jurídico de la Presidencia no vienen acompañados de pruebas, respecto de un presunto desfalco de 27 mil millones de pesos al erario. Lo de que jamás sembró preguntas en las “mañaneras” ni apoyó a youtubers… a ver quién se lo cree.

Tanto en la carta como en el libro se respiran resentimiento, venganza y ajuste de cuentas. Scherer salió del gobierno bajo graves acusaciones —igualmente nunca probadas judicialmente— de haber usado su cargo para generar tráfico de influencias y beneficios indebidos a ciertos despachos de abogados.

Lo más cercano a pruebas son los dichos de Hernán Gómez Bruera, quien en su libro Traición en Palacio detalló, con cierto grado de verosimilitud, el esquema de extorsiones presuntamente armado por Scherer; revelaciones que ahora tendrían a Gómez al borde del exilio.

¿A quién creerle? Como nadie aporta pruebas, todo se reduce a un acto de fe: a quién me cae mejor, a quién odio más. Resulta difícil ver a cualquiera como “blanca paloma”.

El hecho duro y puro es que todo este escandalito es la prueba fehaciente de que AMLO no estaba rodeado de ángeles, como él siempre presumió, y como en este mismo espacio siempre pusimos en duda. Sí lo estuvo de seres de carne y hueso, con virtudes y defectos; políticos profesionales y abogados ladinos, con altas y bajas pasiones, como todo mundo.

El libro de Scherer expone, ya de paso, la caracterología de algunos funcionarios y militantes de Morena de segundo nivel, impresentables hasta para ellos mismos, pero allegados al afecto obradorista, como Rutilio Escandón o Cuitláhuac García, pésimos gobernadores; o la directora del Conacyt, María Elena Álvarez-Buylla, nefasta a la vista de quienes tenían cierto sentido común dentro del movimiento.

La oposición se está dando vuelo destacando este enredo, como si PRI, PAN, PRD y anexos tuvieran autoridad moral para acusar de corruptos a los de Morena, cuando, a su vez, al haber sido gobierno, han tenido sus propias manzanas podridas, y hasta algunas canastas completas.

La lección del libro de Scherer es, por lo tanto, simple y brutal: en el poder no hay redención moral automática ni gobiernos de excepción. La llamada transformación no fue una congregación de justos, sino un ejercicio de poder clásico, con intrigas, ambiciones y miserias humanas. Negarlo es propaganda; contarlo a medias, ajuste de cuentas.