Alvaro Aragón Ayala
En Culiacán, donde la geografía urbana suele ser una tregua tensa entre el asfalto ardiente y la aspiración al progreso, ha surgido una nueva liturgia civil: el Programa Parques Vivos. Ya no se trata sólo de la nota roja o del calor que todo lo justifica; ahora, la plana mayor del empresariado y el Gobierno del Estado se reúnen en el Palacio de Gobierno para decretar que el trabajo colectivo es, en realidad, una forma de la resistencia ciudadana.
La escena es digna de una crónica de las élites que, por fin, descubren que la calle existe. Ahí están Alberto Coppel Luken, Jesús Vizcarra Calderón y Luis Armando Kuroda, hombres de empresa que han decidido que el tejido social también requiere mantenimiento preventivo. La mecánica es una aritmética de la esperanza: el modelo 4×1. Por cada peso que los vecinos —esos héroes anónimos de la cuota y la kermés— logren reunir, el programa pondrá cuatro más.
“Un parque vivo es un parque alegre”, sentenció Coppel Luken, elevando el columpio a la categoría de herramienta de pacificación nacional.
Parques Alegres y el Fondo María Isabel (Grupo Viz) ponen sobre la mesa 20 millones de pesos iniciales. Es la apuesta por sustituir la esquina de la sospecha y el miedo por la cancha del encuentro.
El gobernador Rubén Rocha Moya, con ese tono que mezcla la gestión pública con la pedagogía del bienestar, recibió la iniciativa como quien encuentra una pieza faltante en el rompecabezas de su sexenio. Entre los Senderos de Paz y los 120 millones que la Secretaría de Obras Públicas ya licita para el rubro, la lectura es si el delito es una maleza, el Estado debe ser el jardinero infatigable.
La inversión es un acumulado que busca convertir las sindicaturas y colonias populares en territorios donde la niñez no tenga que elegir entre el aburrimiento o el abismo.
Lo que hay de fondo en esta “sinergia” (palabra fetiche de la eficiencia contemporánea) es el reconocimiento de que el gobierno ya no puede solo y la empresa no debe estar sola. La presencia de figuras como Yeraldine Bonilla, del alcalde Juan de Dios Gámez y la plana mayor de los Gaxiola, Calderón y Vizcarra, confirma que en Sinaloa la arquitectura de la paz se está diseñando en los consejos de administración y en los comités de vecinos.
¿Qué significa hoy “recuperar el espacio público”? Significa aceptar que la democracia también se mide en metros cuadrados de sombra y en la calidad del alumbrado. El gobernador lo dijo sin ambages: “Hay que quitar las causas que generan el delito”. Y si para eso se necesita que el sector privado se vuelva “vecino vigilante” y financiero del juego infantil, bienvenido sea el pragmatismo.
Más allá de la foto oficial y la enumeración de cargos y apellidos ilustres, el éxito de Parques Vivos no se medirá en los balances del Grupo Viz o en los boletines de prensa de Palacio de Gobierno o del ayuntamiento de Culiacán. Se medirá en la capacidad de esos comités ciudadanos para apropiarse de lo que les pertenece.
En esta ciudad de contrastes, donde el éxito se suele gritar, la verdadera victoria será la construcción cotidiana de un parque donde, por fin, el único escándalo sea el grito de un gol en una cancha de la colonia popular. La paz, parecen decirnos, empieza por barrer el frente de la casa y termina cuando el parque deja de ser un terreno baldío para convertirse en el centro del mundo (o al menos, del barrio).
