Sinaloa: la presión codificada sobre Claudia Sheinbaum

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Alvaro Aragón Ayala

En Sinaloa, el debate político ya cayó en la esterilidad. Caray: mientras la estridencia se concentra en el inventario de salones y plazas llenas, el frenesí de las “reuniones informativas” y el algoritmo de las redes sociales, el verdadero reacomodo del poder opera en una frecuencia estructural distinta y determinante que no encaja en una competencia de popularidad, sino en la dinámica de una transición hacia el dominio total del voto estatal.

La eventual llegada de Ariadna Montiel Reyes a la dirigencia de Morena significa el fin de la política territorial romántica y el nacimiento de una ingeniería de control absoluto. Montiel es la operadora y la arquitecta de un ecosistema donde el presupuesto, el padrón y el contacto directo con la ciudadanía se funden en una sola identidad. Exacto. Es quien desarrolla los programas del Bienestar y, por tanto, articula la voluntad electoral.

Así, en tanto que los aspirantes a la candidatura de Morena simulan estructuras y las publicitan como si fueran de su propiedad, el eje del poder, con Ariadna Montiel como operadora, se desplaza hacia Palacio Nacional, donde la continuidad del modelo no se negocia, sino que se administra, y Morena, por consigna, lo legitima popularmente.

Esta nueva mecánica no anula los liderazgos regionales, pero sí los acota. El gobernador Rubén Rocha Moya preservará su poder de veto, su estatura como administrador de la gobernabilidad y custodio de las élites locales morenistas; pero su hegemonía coexistirá con una estructura paralela que no emanará del Tercer Piso de Culiacán, sino de la Ciudad de México. Es un condominio de poder donde la conexión directa entre el centro y el electorado redefine las reglas de supervivencia para cualquier aspirante.

En este nuevo ecosistema político, los aspirantes a la gubernatura se mueven bajo una disciplina que prohíbe el disenso, pero incentiva la presión codificada. Moldean estrategias de desafío indirecto. Al no poder confrontar la narrativa de la presidenta Claudia Sheinbaum, los actores locales optan por llenar eventos no para convencer al votante —ya anclado al sistema de Bienestar— sino para proyectar capacidad de daño o de cohesión ante los ojos de Palacio Nacional.

Los mensajes encriptados enviados a Palacio Nacional: “Tengo la estructura, soy viable, ignorarme tiene un costo”; “tengo la gente” y el “control de los medios”, constituyen una presión codificada que busca forzar la aceptación de la presidenta Claudia Sheinbaum mediante la exhibición de músculo aparente, la mayoría de las veces digital.

Sin embargo, bajo este barniz de falsa unidad, late un riesgo genético. El retorno de las prácticas del viejo PRD —la cultura de la tribu y la facción— amenaza con erosionar la aparente cohesión. Muchos de los actores actuales importaron el principio de “odiarás al amigo de tu misma sigla”, transformando la competencia en un ejercicio de victimización estratégica. Algunos no buscan crecer por mérito, sino debilitar al adversario mediante el fuego amigo, presentándose como “excluidos” para forzar una negociación al alza.

La diferencia fundamental entre el colapso del pasado y el presente es la existencia de un centro gravitacional fuerte. Morena no es el PRD porque hoy existe un poder Presidencial con capacidad de descalificación y disciplina. Las “reuniones informativas”, no son, entonces, errores de logística; son válvulas de escape funcionales al sistema, las cuales permiten medir ambiciones sin comprometer decisiones.

Es verdad. El desplazamiento del poder en Sinaloa hacia el modelo de Claudia Sheinbaum/Montiel Reyes marca el fin de la “política de sentimientos”” para dar paso a la tecnocracia de la lealtad. Mientras los aspirantes locales se desgastan en una épica personalista, el Centro despojó a la política de su mística para convertirla en métrica.

La verdadera encuesta no se levantará en las calles, sino en el cruce de datos entre la operatividad territorial y la estabilidad del sistema. En este escenario, las “reuniones informativas” dejaron de ser actos de movilización para convertirse en una auditoría de obediencia. Palacio Nacional permite el despliegue de los aspirantes no para validar sus liderazgos, sino para testar su capacidad de disciplinarse ante un diseño que los trasciende.

La apuesta de los grupos locales por generar una “inevitable” candidatura propia choca con la desfeudalización del poder. Las candidaturas no se fabrican en el territorio. El viejo modelo donde el gobernador o las élites regionales entregaban “plazas” cerradas al Ejecutivo Federal ha muerto. Hoy, la estructura del Bienestar actúa como un sistema de riego que depende directamente de la presa central.

Cualquier intento de desvío o de construcción de un cacicazgo paralelo es detectado como una anomalía en el flujo del poder. Por ello, la movilización-simulación de los aspirantes sinaloenses es, en el fondo, un acto de desesperación defensiva: intentan demostrar que son piezas necesarias en un rompecabezas que, por primera vez en décadas, parece estar diseñado para completarse sin ellos.

Sinaloa es hoy, entonces, el laboratorio donde se prueba la resistencia de este modelo. Los aspirantes deben comprender que la política de la gesticulación tiene un límite infranqueable frente a la política real. El centro no decidirá por el estruendo de los aplausos ni por la estética de la fotografía; decidirá por la viabilidad del control, la lealtad a la Presidenta y al diseño del sistema.

En la nueva lógica del poder Claudia Sheinbaum/Ariadna Montiel Reyes/Morena la victoria no pertenecerá al que más se mueve, sino al que mejor encaja en la arquitectura del Estado del Bienestar. Quien no comprenda que la discreción es hoy la forma más alta de la disciplina, está condenado sólo a levantar ruido en un escenario que ya se construye en Palacio Nacional.