La guerra de las percepciones en el contexto del ataque a la antigua casa de Rubén Rocha

Share

Alvaro Aragón Ayala

El ataque armado contra la antigua residencia del gobernador con licencia, Rubén Rocha Moya, exige un análisis profundo, más allá de la óptica policial y criminal. Este hecho decodificado bajo la lente de Antulio Echevarria II, autor de la obra Military Strategy: A Very Short Introduction precisa que un acto, aunque violento, es esencialmente una herramienta política. Entonces, el suceso es una pieza de ajedrez en una disputa donde el potencial de la fuerza destructiva toma también el camino del control narrativo en medio de una guerra de percepciones.

En escenarios de alta polarización y violencia prolongada los atentados de alto impacto son “detonantes” políticos tal y como lo postuló Carl von Clausewitz en su tratado fundamental De la Guerra (Vom Kriege), en donde explicó que la violencia es un acto de fuerza para obligar al oponente a someterlo a su voluntad. Aquí, los disparos buscan la erosión de la voluntad institucional. El objetivo, tal como lo planteó Paul Linebarger en su libro fundacional Guerra Psicológica, es la creación de un estado mental de vulnerabilidad y generar la percepción de descontrol y fractura del Estado.

¿Quién o quiénes están entonces capitalizando la violencia y quiénes aprovechan política y mediáticamente la coyuntura del ataque a la casa no habitada de Rubén Rocha? Aplicando la tesis de B.H. Liddell Hart de su libro Estrategia: La Aproximación Indirecta, se entiende que el avance más efectivo es aquel que desequilibra psicológicamente al oponente antes de asestar el golpe. Bajo esta tesis hay que fijar el análisis-investigación en el tablero del poder y localizar a aquellos que promueven el caos -incluso a través del discurso- y se benefician con el desequilibrio del Estado.

Desde la óptica de la Comunicación Estratégica, el atentado ocurrió en una confluencia crítica. De acuerdo a las lecciones de Robert Greene en Las 33 Estrategias de la Guerra, la percepción es la realidad en el campo de batalla. En medio de la fractura del Cártel de Sinaloa y la pugna entre la Morena/4T y la oposición -PRI, PAN y partidos agregados-, el ataque operó como un “hecho multiplicador” que requirió simplemente una coyuntura aprovechable para desgastar la imagen del gobernante con licencia.

El evento actuó como el combustible de una escalada discursiva opositora. Jacques Ellul, en su análisis clásico Propaganda: The Formation of Men’s Attitudes, adviertió que la propaganda no crea opiniones de la nada, sino que refuerza tendencias existentes. El atentado cristalizó la narrativa de “Estado fallido” que ya permea el ambiente, convirtiendo un suceso táctico-criminal en una derrota psicológica-social para el gobierno estatal.

Bien. En la guerra de percepciones, la efectividad reside en profanar lo sagrado y en esta línea, el Dr. Haha Lung, en sus estudios sobre Control Mental y Manipulación Mental, destacó que el uso de los miedos básicos es el arma definitiva. Al disparar contra la residencia de Rocha Moya, se atacó el símbolo de la invulnerabilidad. Así, si el centro del poder es alcanzado, el ciudadano percibe o crea la idea de que el control se perdió, cumpliéndose el objetivo de desestabilización psicológica.

En las guerras híbridas modernas, los hechos pasan a segundo plano a velocidad de la luz ante su interpretación. Peter Pomerantsev advirtió en Cómo Ganar Una Guerra de Información que en los conflictos actuales el objetivo es confundir y fragmentar la confianza pública. El ataque permite que cada actor -facciones criminales u opositores- reconstruya la realidad a su conveniencia, dejando a la verdad atrapada en el fuego cruzado de las redes sociales-digitales.

La mutación del conflicto interno en el Cártel de Sinaloa convirtió entonces la violencia en un lenguaje especializado. El Coronel Fernando Frade Merino, en su obra La Guerra Psicológica, identificaría esto como una operación dirigida a quebrar la moral del adversario, pues el ataque es criminal, pero, además, es una advertencia operativa y un ejercicio de presión política diseñada para forzar reacomodos políticos, territoriales y económicos.

Resulta vital observar lo que Sun Tzu llamaría en El Arte de la Guerra la victoria mediante la estrategia antes que mediante el combate masivo ya que el hecho de que la violencia no escale hacia atentados masivos, asesinatos de primer nivel institucional o acciones indiscriminadas contra toda la estructura del Estado, sugiere que las acciones armadas están dosificadas y que no se busca destruir al Estado, sino exhibir su debilidad. Se trató, aquí, de ocasionar el máximo impacto mediático con el mínimo riesgo de una respuesta militar total.

En este contexto, la oposición política entendió el valor narrativo de la “rafagueada” a la residencia y la usó como un acelerador discursivo. Exacto. En el tratado de Neil Morton -la Guerra Psicológica- se entiende que la guía fundamental para descifrar el comportamiento humano, se halla en que el miedo es el catalizador más rápido para cambiar la opinión pública. La agresión permitió desplazar el debate de la delincuencia hacia la incapacidad estructural del gobierno, aprovechando la vulnerabilidad psicológica de la población.

Así, pues, la guerra ya no se libra únicamente en las calles de Culiacán, sino en lo que Ramón Carrillo describe en sus investigaciones sobre la guerra psicológica como la “estratificación social” del conflicto. Los algoritmos y las columnas de opinión son las nuevas trincheras. Perder la narrativa de seguridad equivale a perder la legitimidad para ejercer el poder, pues la autoridad también emana de la percepción de orden y protección.

Efectivamente. Si una agresión alcanza un símbolo del poder, el mensaje se dirige a los propios funcionarios y fuerzas de seguridad. Se produce lo que los expertos en operaciones psicológicas llaman el “colapso de la cohesión interna”. El mensaje es que nadie está fuera del alcance, generando tensión, desconfianza y, finalmente, un repliegue en las acciones de gobierno por temor a represalias.

El riesgo para Sinaloa es la consolidación de un ecosistema donde la violencia criminal y la contienda política se vuelvan simbióticas, en el que los atentados y la munición retórica sean indistinguibles ya que se entraría en un estado de crisis permanente. En este escenario, el éxito ya no se mide tanto por el control territorial, sino por la conquista definitiva de la psique colectiva tras el humo de los disparos. Por lo tanto, quien ejerza también el dominio sobre la percepción pública, podría determinar, de facto, el desenlace estratégico del conflicto.