Cambiando el dilema del desarrollo: el poder de la sociedad civil

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Natalia Pérez/ CIPMEX

México vive hoy una contradicción difícil de ignorar. Somos uno de los países megadiversos del mundo, lo que nos otorga una responsabilidad especial frente a la protección de nuestra biodiversidad

Y, sin embargo, una y otra vez se nos presenta la idea de que el desarrollo económico exige sacrificar esa responsabilidad: megaproyectos como el Tren Maya o el Corredor Interoceánico, desarrollos turísticos en zonas de alto valor ecológico y proyectos mineros que avanzan sin consulta previa real. La pregunta sigue siendo la misma: ¿desarrollo para quién y a qué costo?

La sociedad civil ha comenzado a responder construyendo narrativas digitales que cruzan fronteras, edades y niveles de influencia. Como ya he compartido antes en este espacio, nuestros celulares son herramientas reales de construcción de paz: nos permiten organizarnos, informar y presionar. 

En las últimas semanas, la cancelación del proyecto “Perfect Day” de Royal Caribbean en Mahahual y la presión para revertir el decreto portuario en la Bahía de Loreto mostraron lo que es posible cuando miles de personas comparten información, firman peticiones y exigen congruencia. El debate escaló de las pantallas de celular, a los medios tradicionales, a la mañanera presidencial y, con ello, nos logramos sentar en la mesa donde se toman las decisiones.

Esto también es construcción de paz. Porque los proyectos con impactos ambientales severos suelen surgir de la ausencia de participación efectiva y de procesos incapaces de garantizar que todas las voces sean escuchadas antes de que una pala toque el suelo. Cuando la sociedad civil se moviliza, no solo frena proyectos; obliga a construir puentes de diálogo entre comunidades, empresas y gobierno. Esa es nuestra función como actores de paz: crear caminos de diálogo y convertirnos en la voz de quienes no la tienen.

Pero la agenda sigue llena. Casos como el gasoducto Saguaro que amenaza la biodiversidad del Golfo de California; la expansión del Puerto de Manzanillo que pondría en riesgo más de mil hectáreas de manglares y a la Laguna de Cuyutlán, sustento de familias pesqueras y salineras; o el “Royal Beach Club Cozumel” que busca instalarse sobre la última playa pública del lado oeste de la isla. Cada uno representa una oportunidad para ejercer el poder que ya demostramos tener. 

Recordemos que cambiar el dilema del desarrollo comienza cuando dejamos de aceptar que proteger el medio ambiente y construir bienestar son objetivos opuestos. El verdadero desarrollo es aquel en el que todas las partes ganan; y hoy más que nunca, garantizarlo está en la palma de nuestra mano.