MORENA SINALOA: EL FESTÍN DE LOS CAMALEONES

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 ​Álvaro Aragón Ayala.

​A las puertas del proceso sucesorio rumbo a 2027 de Sinaloa, ocurre una comedia de ambiciones vulgares con disfraz de ejercicio democrático. No hay aquí idealismo, sino el eterno teatro de la condición humana que Nicolás Maquiavelo describió con fría precisión: los hombres olvidan antes la muerte de su padre que la pérdida de su patrimonio. En la víspera de que se abran los registros oficiales para la llamada Coordinación de la Defensa de la Transformación, la fauna política morenista se agita con desesperación, exhibiendo una de las contradicciones más vergonzosas del ejercicio público: la furia por conquistar un nuevo destino sin el valor civil de abandonar el pesebre presente.

​La directriz emanada desde el Palacio Nacional por la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo no era una sugerencia abstracta, sino un decreto de elemental pudor político e institucional. La instrucción fue nítida: todo aquel cortesano que aspire a la gracia de una candidatura debe despojarse inmediatamente de sus vestiduras oficiales, liberando el cargo para garantizar la equidad y evitar el uso faccioso de los recursos públicos. Se trataba, en apariencia, de un llamado a la virtù romana, a la congruencia ética de un movimiento que se juró a sí mismo ser distinto; una prueba de fuego para distinguir a los verdaderos servidores de los vulgares buscadores de prebendas.

​Sin embargo, en el feudo de Sinaloa, el mandato presidencial ha sido sepultado bajo el peso del cinismo y el cálculo cortesano. Las palabras de la mandataria federal se disolvieron en el aire ardiente de la llanura sinaloense, ignoradas por una casta que practica la sordera selectiva cuando el poder propio está en juego. Aquí, la orden de la soberana no se obedece; se simula, se posterga y se pisotea con la parsimonia de quien se sabe impune dentro de su propio laberinto.

​Senadores de la República, diputados federales de discursos flamígeros, legisladores locales, alcaldes mediocres y burócratas de toda estirpe continúan aferrados al presupuesto público mientras sus jilgueros saturan las redes anunciando su inminente postulación para 2027. La renuncia o separación del cargo, planteada como un imperativo categórico y moral, no figura en la agenda de ninguno de estos personajes. Se exhibe así el espectáculo patético de una aristocracia burocrática que exige el futuro mientras exprime con ambas manos el presente.

​Frente a esta parálisis moral, la interrogante sobresale con brutalidad: ¿cuál es el «terror metafísico» que les impide soltar la ubre del Estado? La respuesta desnudará siempre la miseria de sus liderazgos, pues si estos aspirantes poseyeran la auténtica fuerza popular que presumen en sus boletines pagados, marcharían al desierto de la competencia sin el abrigo del dinero institucional. Pero saben bien, en la intimidad de su mediocridad, que despojados del cargo no son más que espectros políticos, sombras que nadie recordaría al día siguiente.

​La farsa es doblemente perversa porque destruye el mito fundacional del movimiento que dicen representar. Al subordinar las reglas éticas a sus intereses personales, envían un mensaje letal a los gobernados: la ley y la moral son para los siervos, mientras que los privilegios pertenecen a los patricios. Esta disonancia cognitiva termina por pudrir las instituciones desde dentro, convirtiendo la retórica de la transformación en un burdo ejercicio de camuflaje oligárquico.

​Pero el fenómeno sinaloense alcanza su cúspide de amoralidad en un segundo acto teatral: la metamorfosis de los cortesanos en jueces de su propio creador. Retienen con desesperación el cargo que les da de comer, y al mismo tiempo han iniciado una sigilosa y cobarde operación de desprendimiento respecto de la figura del gobernador Rubén Rocha Moya. Es el nacimiento del camaleón en su estado puro.

​Se testifica un ejercicio de ingratitud que haría sonreír al mismísimo Joseph Fouché, el genio de la traición política que sirvió y vendió por igual a la República, al Directorio, a Napoleón y a los Borbones. El Gran Camaleón de la historia francesa habría aplaudido la sangre fría de estos cuadros morenistas que hoy fingen amnesia histórica. Muchos de los que hoy ensayan poses de independencia y pureza republicana deben su existencia política entera a la ola telúrica que Rocha Moya encabezó en el estado.

​Es una verdad histórica incontrovertible que casi la totalidad de esta corte de inconformes llegó a sus curules, alcaldías y secretarías colgados del ropaje y de la coyuntura del gobernador en turno. Ayer, la fotografía al lado del líder sinaloense era el talismán sagrado que mendigaban para asegurar la simpatía del electorado; la cercanía con el Tercer Piso de palacio era exhibida como el máximo timbre de orgullo y legitimidad cortesana.

​Hoy, cuando el viento de la fortuna política parece cambiar y el liderazgo estatal enfrenta la tempestad de la crisis y la implacable presión mediática, la cercanía se ha vuelto -así lo demuestran-, un lastre incómodo que debe ser extirpado de la biografía. Con la presteza del traidor profesional, los antiguos paniaguados operan un borrado retrospectivo de su pasado inmediato, buscando convencer a la opinión pública de que sus trayectorias son fruto del mérito propio, de una mística personalísima construida al margen de cualquier mecenazgo local.

​Pero la política, como la historia, posee una memoria implacable y no admite el perdón de los conversos de última hora. Nadie asciende al Olimpo del poder en la absoluta soledad; detrás de cada carrera exitosa existe el andamiaje del régimen, el dinero de la estructura y la voluntad política del jerarca que firmó la lista de candidaturas. Intentar reescribir esa partitura a mitad del concierto no es un acto de audacia ideológica, sino una vulgar traición cortesana ejecutada por calculadores sin espina dorsal.

​Se perpetra así la paradoja central que define la podredumbre del escenario sinaloense. Los aspirantes a la sucesión pretenden encarnar la pureza de la autonomía política frente al liderazgo local, pero se niegan en redondo a soltar los beneficios materiales que ese mismo liderazgo les otorgó. Quieren el aplauso llamándose independientes, pero cobrando puntualmente la quincena del cortesano.

​Es la estrategia de la cobardía perfecta: exigen los fueros y la libertad del candidato indómito, pero se atrincheran detrás de la plataforma institucional, el presupuesto y los privilegios que brinda el funcionariato público. Desean presentarse ante el pueblo como figuras de renovación inmaculada, pero financiando su campaña con los recursos del régimen del cual fingen abjurar.

​La verdadera auctoritas -término con el que los clásicos definían la fuerza moral legítima de un líder- no se consolida permaneciendo asido con garras de hierro al presupuesto del Estado. Se demuestra en la llanura, arriesgando el privilegio en nombre de la convicción. Aquel que no puede sostener la mirada de sus electores sin el escudo de su nombramiento oficial, no es un estadista en potencia; es solo un parásito temeroso de su propia insignificancia.

​Por todo ello, conforme el reloj político avanza inexorablemente hacia el día de los registros internos, las máscaras habrán de caer por el propio peso de su falsedad. La gran interrogante que se cierne sobre Sinaloa ya no es sobre quién encabeza las encuestas de papel, es de fondo, de corte netamente maquiavélico: ¿quién de estos hombres y mujeres posee el valor de obedecer a su presidenta Claudia Sheinbaum, renunciar a los privilegios corporativos del poder y competir con las solas armas de su nombre e integridad?

​La respuesta será el veredicto definitivo sobre el movimiento en el estado. La institucionalidad, la ética de la función pública y la verdadera dignidad política comienzan precisamente en ese instante de desprendimiento absoluto: en la capacidad de renunciar a las prebendas de la corte cuando se aspira a portar la corona. Quien no sea capaz de este mínimo sacrificio, quedará retratado ante la historia sinaloense no como un transformador, sino como un esclavo de sus apetitos, atrapado para siempre entre la infamia de la traición y la cobardía.