Jesús Madueña y el año que redefinió el futuro de la UAS

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Álvaro Aragón Ayala.

​Existe una frontera ética que ninguna sociedad civilizada debería osar cruzar: aquella que separa la legítima crítica pública de la sagrada dignidad privada. La vida familiar, la honorabilidad personal y la integridad moral constituyen el reducto último del ser humano; un santuario que exige respeto absoluto, incluso bajo el cielo de las tormentas políticas más inclementes

​Jamás en la historia reciente de la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS) un Rector había tenido que conducir el timón del autogobierno bajo una constelación de desafíos tan complejos: administrar una crisis financiera estructural, encarar una confrontación política de grandes dimensiones, implementar una reingeniería administrativa profunda y, al mismo tiempo, blindar el crecimiento académico de la institución. Jamás, en correspondencia, una administración universitaria había estado sometida a tantas fuerzas de presión convergentes y, aun así, había logrado mantener la marcha imperturbable de una casa de estudios que hoy cobija el porvenir de más de 170 mil estudiantes.

​Gobernar en tiempos de bonanza y normalidad exige competencias técnicas y administrativas; pero gobernar en el ojo del huracán demanda una aleación más escasa y compleja: carácter, serenidad templada, visión de largo alcance y una inquebrantable convicción institucional. La historia no inmortaliza a los dirigentes por los periodos de calma que les tocó contemplar, sino por la templanza y el diseño estratégico con el que sortearon las tempestades. El primer informe de labores del doctor Jesús Madueña Molina llega, precisamente, como el testimonio de uno de los ciclos más intensos, exigentes y definitorios que ha vivido la UAS en las últimas décadas.

​La filosofía política enseña que las instituciones perecen por esclerosis o por renuncia a su esencia; sobreviven, en cambio, cuando practican la adaptación creadora. El desafío que acechó a la UAS no amenazaba únicamente sus arcas o su gobernabilidad inmediata; amenazaba su ontología misma, su continuidad histórica y generacional. Detrás de cada expediente y de cada acuerdo en el Consejo Universitario latía el destino de miles de jóvenes sinaloenses, el sustento y la vocación de su cuerpo docente, y el vigor del proyecto educativo y cultural más importante del noroeste de México.

​En ese punto de inflexión emergió la Reingeniería Integral, la reforma administrativa y financiera más audaz de las últimas épocas. Lejos de la improvisación o del parche coyuntural, fue un ejercicio de alta escuela de previsión política, diseñado para intervenir dolencias estructurales que durante décadas se acumularon en el silencio del sistema de educación superior del país.

​La creación del Fideicomiso Pro-Jubilación representa el nudo gordiano desatado por esta administración. Mientras en otras latitudes universitarias el pasivo contingente de las pensiones devora el futuro y paraliza las aulas a falta de soluciones de fondo, la UAS prefirió la audacia de la acción antes de que la tiranía de los hechos impusiera sacrificios más dolorosos.

​Como intuían los antiguos pensadores estoicos, la verdadera virtud política radica en discernir el porvenir para actuar en el presente. Esa capacidad de anticipación es el sello distintivo de la rectoría de Madueña Molina.

​Esta audacia adquiere hoy una estatura mayor bajo el espejo de las recientes reformas constitucionales y los nuevos vectores federales sobre sistemas pensionarios complementarios. Lo que ayer se pretendía encapsular como un debate doméstico o un disenso interno, hoy es el epicentro de una discusión nacional sobre la viabilidad fiscal y la responsabilidad social de la universidad pública. Haber construido un andamiaje propio de certidumbre jubilatoria sitúa a la UAS un paso adelante en el tablero del futuro.

EL CRECIMIENTO EN LA ESCASEZ

​El dato más contundente —y acaso el más filosófico por su naturaleza paradójica— es que esta reestructuración profunda ocurrió sin detener un solo día el motor del crecimiento. En una época de austeridades severas y de contracción de matrículas a nivel global, la UAS ensanchó sus aulas, diversificó su oferta, elevó la calidad de su investigación científica y multiplicó su impacto social. Florecer en la abundancia es inercia; expandirse en la restricción económica es alta gestión y compromiso ético.

​Los indicadores académicos no son frutos silvestres del azar. Son el sedimento de una comunidad unida y de una conducción rectoral que puso el acento en la estabilidad y el rigor de la planeación. Las universidades no son solo bloques de concreto y asignaciones presupuestales; son, fundamentalmente, comunidades de confianza. Y la confianza es el activo más frágil y preciado cuando los tiempos se vuelven líquidos y convulsos.

​La legitimidad del actual Rectorado posee un origen democrático incontestable. Jesús Madueña Molina asumió la conducción de la UAS tras una jornada electoral histórica, un mandato claro que unificó los anhelos de los diversos sectores universitarios. Esa legitimidad de origen ha sido el blindaje moral indispensable para sostener decisiones difíciles y empujar reformas necesarias que, por ley de la gravedad social, despiertan inercias y resistencias de quienes añoran el inmovilismo.

EL INTENTO POR DESHONRARLO

​Paradojicamente, toda transformación civilizatoria engendra su propia contraparte. Es una constante histórica: el cambio incomoda a las estructuras acostumbradas al privilegio o al letargo. La UAS no iba a ser la excepción. Sin embargo, en el sano ejercicio democrático, es imperativo trazar la línea divisoria que separa la crítica constructiva de la demolición sistemática; el debate de las ideas del lodo de la infamia.

​Resulta evidente que, mientras los canales institucionales entre la Universidad y el Gobierno del Estado han sabido hallar vías de entendimiento maduro en favor del pueblo sinaloense, persisten ciertos actores marginales empecinados en el encono. Sorprende que, al quedarse sin argumentos técnicos para rebatir los logros de la gestión o los números de la academia, estas voces decidan mudar la controversia al terreno de la bajeza personal.

​La tradición humanista dictamina que donde naufraga la razón, encalla el insulto. Cuando la realidad de una universidad viva y pujante desmiente la narrativa del desastre, el recurso de los desesperados es el ataque ad hominem, el intento de vulnerar la honorabilidad del hombre. Pero hay límites sagrados. La crítica al funcionario es legítima; el ataque a la intimidad, a la familia y a la dignidad moral es una regresión bárbara que atenta contra el pacto civilizatorio.

​Quienes conocen la biografía de Jesús Madueña Molina saben que su autoridad no es un accidente del azar ni una imposición de la coyuntura. Es el resultado de una vida entera dedicada a la causa universitaria: desde las aulas como docente, los laboratorios, la gestión administrativa de base hasta la cúspide institucional. Su prestigio se ha forjado al calor del trabajo diario, la disciplina intelectual y una probada rectitud como ciudadano y padre de familia.

​Aun bajo el asedio del agravio, el Rector ha mantenido una conducta ejemplar de respeto absoluto a la libertad de expresión. En una época global intoxicada por la polarización y el pensamiento único, preservar a la Universidad Autónoma de Sinaloa como un ágora abierta, donde coexisten todas las corrientes ideológicas y las críticas más agudas, es el mayor testimonio de su vocación democrática y tolerante.

EL BALANCE DE UN AÑO

​Al cumplirse este Primer Informe de Labores, el balance real desborda la numeralia tradicional. No se está ante un frío corte de caja de ladrillos colocados o de presupuestos devengados. Lo que hoy se evalúa es la calidad de un liderazgo probado en el fuego de circunstancias excepcionales. Se juzga la serenidad ante la provocación, la lucidez frente a la incertidumbre y el sentido del deber histórico ante decisiones que impactarán a las próximas generaciones.

​Las universidades son proyectos que se conjugan en tiempo futuro. Sus frutos no se agotan en el calendario de un año fiscal; se miden en el impacto de los siglos. Por ello, las grandes administraciones se aprecian mejor con la distancia que otorga la perspectiva histórica. El tiempo pondrá en su justo lugar este periodo: el momento exacto en que la Universidad Autónoma de Sinaloa eligió la valentía de resolver sus problemas de fondo en lugar de endosarle la crisis al porvenir.

​La verdadera estatura de un líder no se calibra en la comodidad del aplauso fácil ni en la placidez de los vientos a favor. Se revela cuando se cruza la tormenta manteniendo el rumbo, salvaguardando los principios autonómicos y con la mirada fija en el horizonte. En ese sentido profundo, el año que hoy se rinde cuentas no fue un ciclo burocrático más. Fue, para la Universidad Autónoma de Sinaloa, el año fecundo en el que redefinió, con dignidad y coraje, las coordenadas de su futuro.