El colapso de las universidades mexicanas en el escaparate del Mundial de Fútbol

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Álvaro Aragón Ayala.

​La crisis financiera que asfixia al sistema de educación superior en México rebasó la simple aritmética presupuestaria para convertirse en una crisis sin precedentes: el desmantelamiento deliberado del espacio donde la nación se piensa a sí misma. Lo que la burocracia federal reduce a un problema de flujos de efectivo o pasivos laborales es, en el fondo, la asfixia del Logos y la claudicación del Estado ante su deber ético más elemental.

​Ante el colapso inminente, con un déficit acumulado que la ANUIES cifra en más de 50 mil millones de pesos, las Rectorías del país advierten que la paciencia se ha agotado. La Secretaría de Educación Pública lejos de ser un puente de entendimiento opera como un velo ideológico y un «tapón gubernamental» que maquilla el desastre para proteger la narrativa oficial en materia de educación superior ante la presidenta Claudia Sheinbaum.

​Frente al derrumbe, las comunidades universitarias preparan una respuesta de proporciones históricas. Se contempla suspender la vida académica, tomar las calles y trasladar el diferendo existencial al escaparate del Mundial de Fútbol, transformando la fiesta global en el foro de denuncia de un Estado que devora su propio porvenir.

​Desde una perspectiva filosófica profunda, la defensa de la universidad pública no se fundamenta en la rentabilidad económica ni en la producción de capital humano para el mercado. Se sostiene en la idea misma de la Universitas: la comunidad de maestros y alumnos entregada a la búsqueda incondicional de la verdad y a la emancipación del espíritu.

​Negarle el sustento basal a las universidades es un acto de violencia epistémica que reduce la educación a una mercancía y al ciudadano a un engranaje utilitario. Como argumentaba el filósofo francés Jacques Derrida, la universidad debe gozar de una «autonomía incondicional», un espacio soberano donde todo pueda ser cuestionado, incluso la noción misma de Estado y de poder.

​Al precarizar sus presupuestos, el gobierno federal no solo vacía las arcas de las instituciones, sino que atenta contra el pensamiento crítico. Pretende subordinar la autonomía del saber a los dictados de la coyuntura política y al control ideológico. La universidad pública es el bastión del humanismo; su asfixia es el advenimiento de una barbarie tecnocrática.

​La cartografía de este naufragio institucional es devastadora y se manifiesta en la geografía nacional a través de tres frentes de resistencia. El primer bloque, situado en la antesala del colapso absoluto, representa la fractura inmediata del pacto laboral; instituciones donde el trabajo humano es despojado de su dignidad al postergarse el pago de salarios y prestaciones básicas.

​En esta zona de desastre se encuentran la Universidad Autónoma de Nayarit (UAN), la Universidad Autónoma de Zacatecas (UAZ), la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM), la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca (UABJO) y la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH), junto a la Universidad Juárez del Estado de Durango (UJED) y la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco (UJAT).

​Estas casas de estudio, arraigadas en regiones de alta complejidad social, subsisten bajo la amenaza del impago. Resisten el embate de un centralismo indiferente que pretende ignorar que, sin estas instituciones, esos territorios quedan entregados a la anomia y al desamparo cultural.

​El segundo bloque ejemplifica la asfixia por inanición planificada, un estrangulamiento lento perpetrado a través de anémicos subsidios que ignoran deliberadamente el costo real de la existencia institucional y la indexación inflacionaria. En esta categoría se ubican la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS), la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEMex), la Universidad Autónoma de Chiapas (UNACH), la Universidad Autónoma de Guerrero (UAGro) y la Universidad Autónoma de Tlaxcala (UATx).

​Aquí se consuma la paradoja de la «cobertura universal»: un imperativo moral y legal impuesto por la Federación que exige ampliar la matrícula y descentralizar las aulas, pero que condena a las universidades a la precariedad extrema. Se les obliga a expandir el acceso al conocimiento sacrificando las condiciones materiales mínimas para su ejercicio.

​El tercer bloque devela que la crisis no respeta excepciones y que ni siquiera los bastiones de mayor solidez estructural e infraestructura están a salvo del vendaval macroeconómico. Registran presiones extremas la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL), la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), la Universidad Veracruzana (UV) y la Universidad Autónoma de Baja California (UABC).

​Estas instituciones se enfrentan a la pesada carga de la modernidad tecnológica. La exigencia de realizar inversiones multimillonarias en conectividad e inteligencia artificial para no quedar marginadas de la conversación científica global, coincide con una inflación real en insumos energéticos que devora su capacidad operativa.

​Al congelarse los fondos destinados a la investigación, estas universidades se ven forzadas al desvío de sus recursos esenciales para evitar el apagón tecnológico. Este escenario compromete gravemente su misión fundamental de generar ciencia soberana para la nación.

​Este panorama sombrío se inscribe en una tendencia continental que la Unión de Universidades de América Latina y el Caribe (UDUALC) denuncia con severidad, alineándose con las directrices éticas de la UNESCO. La UDUALC concibe el presupuesto universitario no como una dádiva estatal, sino como un derecho basal indispensable para resguardar la autonomía frente a los intentos totalizadores de los gobiernos.

​El organismo internacional advierte que el uso de la restricción presupuestaria como mecanismo de domesticación o castigo político es una afrenta directa a la libertad de cátedra. Los espejos de Argentina, con el vaciamiento de sus universidades, y de Ecuador, con sus proformas de exclusión, confirman que la precarización en México forma parte de una marea regional que busca sustituir el pensamiento crítico por un pragmatismo ciego.

​Gobernar con «otros datos» y postergar la solución definitiva mediante paliativos cosméticos es una irresponsabilidad histórica. Si el gobierno de México insiste en sacrificar la inteligencia del país, el estallido social será inevitable. La parálisis no será un simple paro de labores, sino el eclipse del futuro de millones de jóvenes que tienen en la universidad pública el último refugio del pensamiento libre.