El manicomio de la legalidad y el besamanos de las sombras

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Gog/Mefistófeles

(PERIODISMO SATÍRICO)

​Un viernes de junio donde el aire pesa como un remordimiento, asistí, por puro aburrimiento satánico y coleccionismo de almas, a la inauguración de las nuevas oficinas de la Federación de Abogados de Sinaloa (FEDASIN) en Los Mochis, Sinaloa. El edificio se levanta en la esquina de Río Presidio y Justicia Social. Qué ironía tan gogiana, qué chiste tan papiniano: la justicia como una coordenada geográfica, una fachada de ladrillos donde los hombres de leyes se congregan para celebrar ¿el derecho? No. Nadie preguntó cuánto costó el edificio. Nadie cuestionó el origen de los fondos ni el peso de los muros. El dinero, en el gran teatro del mundo, es el único fantasma al que todos temen nombrar, prefiriendo adorar el altar ya construido.

​Como en las páginas más crueles de mi Libro Negro, contemplé la escena no como un acto civil, sino como un pabellón de nuestro manicomio predilecto. Un manicomio donde los locos no gritan, sino que visten ropaje fino y sonríen a las cámaras mientras planean el despojo del prójimo o la captura del presupuesto público. No era una inauguración jurídica; era una pasarela de ambiciones desatadas, un mercado de carne política donde los vivos se venden al mejor postor del mañana.

​Allí estaba José Luis Polo Palafox, el hombre fuerte, el gran anfitrión, el titiritero local. Hoy funge como pieza clave del gobernador con licencia Rubén Rocha Moya en el norte del estado. El líder de los abogados y a la vez Notario Público reavivó su proyecto febril, el deseo eterno de gobernar Ahome bajo las siglas de Morena. Sonreía con esa benevolencia estudiada de quien sabe que los abogados son, por definición, los arquitectos del laberinto. Abrió las puertas de su nueva casa no para albergar la ley y la jurisprudencia, sino para medir inteligentmente las fuerzas de sus rivales y el tamaño de sus propias redes.

​A unos pasos, el camaleón del asfalto: Domingo “Mingo” Vázquez. Lo vi lucir con un cinismo casi artístico la chaqueta del Partido Verde. Su demencia consiste en creer que el pasado se borra con un cambio de plumaje. Aspira también a la alcaldía, soñando con una alianza PVEM-Morena que le otorgue el cáliz que ya se le ha escapado. Es el eterno aspirante que confunde la popularidad con el destino, un espectador de su propio melodrama.

​Y en la esquina más sombría del salón, masticando la hiel de las batallas perdidas y cocinando las del porvenir, Mario Zamora Gastélum. El diputado del PRI, el hombre que no olvida el 2021 y que ya estira las manos hacia el 2027 para la gubernatura. Lo escuché murmurar, con esa obsesión tan propia de los personajes que Papini retrataría en un manicomio de alta seguridad, su eterna letanía: que Rocha Moya no le ganó las elecciones con votos, sino con el secuestro de sus operadores por parte del cartel. Zamora se mueve en el evento como un espectro que busca venganza en un tribunal donde los jueces ya han sido comprados por el tiempo.

​Para completar el cuadro de extravagancias, el viejo idealista reconvertido en burócrata del lamento: Óscar Loza Ochoa. El hombre de los Derechos Humanos que alguna vez militó en el PRD, que se peleó a muerte con Yesenia Rojo y las Guerras Azules, y que se opone ferozmente a la planta de amoniaco de Topolobampo para luego. Si, aquel que en un arranque de esquizofrenia política, intentó en el 2021 ser candidato de Morena en Culiacán. Ahí estaba, validando el templo de los litigantes, demostrando que en Sinaloa la congruencia es un lujo que solo los muertos pueden permitirse.

​El corte del listón no fue el inicio de una etapa de ética y unión profesional, como rezan los boletines de prensa para consumo de idiotas. Fue el banderazo de salida para una carnicería que culminará en las urnas. La FEDASIN ha inaugurado un hermoso manicomio de mármol y discursos huecos. Salí de ahí con una sonrisa mefistofélica, complacido de ver que, una vez más, el ser humano prefiere el brillo de la simulación al frío examen de la verdad. Nadie preguntó por la inversión monetaria, porque todos estaban ocupados calculando la inversión de su propia hipocresía.