Una encíclica disruptiva

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Camilo Daniel Pérez*

La encíclica “Magnífica Humanidad” del papa León XIV puede leerse en una “clave disruptiva y profética”. Disruptiva, porque produce una ruptura brusca, poniendo los puntos sobre las íes mediante propuestas y contrapropuestas inequívocas. Profética: hablamos del profetismo bíblico. El profeta denuncia el pecado, el error, las desviaciones que le hacen daño a la humanidad y a la naturaleza entera, al mundo en que vivimos; por otra parte, anuncia de manera diáfana el camino y no los senderos por los que deberemos transitar, que son los caminos dispuestos por Dios para la humanidad, haciendo de ella una magnífica humanidad. 

Una síntesis apretada y esquemática de este importante documento del Papa: 

En su introducción, la encíclica hace una primera disrupción, planteando dos maneras antagónicas de construir dos edificios, dos imágenes bíblicas: la construcción de la torre de Babel (Gén. 11,1-9) o la reconstrucción de los muros de Jerusalén (Ne. 2-6). La torre de Babel simboliza la soberbia de la humanidad construyendo sin la presencia de Dios. Se usa la técnica para dominar. En cambio, la reconstrucción de Jerusalén simboliza la presencia de Dios hecho un ser humano en Jesucristo, el trabajo en equipo, el diálogo entre hombres y mujeres, el entendimiento y buscar la técnica como servicio para el bien común. Aquí la pregunta fundamental es: ¿cuál de los dos caminos elegimos? Estas dos construcciones serán el motivo central, la idea recurrente a lo largo de la encíclica. 

Otra disrupción entre la comunidad eclesial, que no es ajena a la realidad y ayuda a leerla desde los valores de la doctrina social de la Iglesia, y la comunidad política, la cual, actuando con total independencia y autonomía, puede servirse de los principios orientadores de la mencionada doctrina social de la Iglesia. (capítulo primero). 

A lo largo de la encíclica se nos habla del “bien común” como proyecto compartido a favor del pueblo, contrapuesto a la “propiedad privada”, que busca la concentración de bienes en pocas manos, así como la subsidiariedad, que significa corresponsabilidad, contrapuesta al acaparamiento con meras gestiones paternalistas y asistencialistas. Habla de la globalización de la solidaridad, que se da mediante confianzas mutuas y apoyos entre iguales, contrapuesta a la globalización de la indiferencia, en la que se dan desconfianzas, individualismos, competencia desleal y abuso de la naturaleza. Por otra parte, hay que trabajar por la justicia social, que busca el desarrollo humano integral para todos los seres humanos y todo el ser humano, contrapuesta a la cultura del descarte, con formas y estructuras que producen desigualdad y acumulación de bienes en unos cuantos. (capítulo segundo). 

La disrupción más importante del documento es entre la “Magnífica Humanidad”, cuyo centro son las personas y los pueblos, el discernimiento entre el bien y el mal, contrapuesta a la inteligencia artificial (IA), a la que sólo le interesan las personas como engranaje de un sistema y la naturaleza como objeto de explotación, concentración del poder en el mundo digital mediante la técnica y la ciencia. Busca la superación (o supresión) de todo lo humano; le falta corazón. No conoce el amor. Simula la comunicación humana. Es urgente reglamentar el uso de la IA. (capítulo tercero). 

En el capítulo cuarto, el Papa previene que fácilmente, en esta era digital, de manera explícita, pero también de manera muy sutil y silenciosa, en el uso de la técnica, de los datos y los algoritmos, se pierden los valores fundamentales del ser humano, como son la verdad universalmente válida, lograda mediante el diálogo honesto y objetivo, contrapuesta a la construcción de la verdad, en la que no hay distinción entre hechos y ficción; el valor del trabajo humano, que acrecienta la dignidad de nuestras vidas y de los trabajadores, centrado en la persona y no en el rendimiento, contrapuesto a la agudización del desempleo, considerando a la persona humana como un medio y no un fin, sin tomarla en cuenta. La tecnificación excluye a mucha gente, descartada ante una acelerada transición digital y robótica; la economía del bien común, a favor de las personas y del medio ambiente, contrapuesta a una economía eficiente para el mero éxito individual. Especulación en la bolsa de valores (criptomonedas). La libertad del ser humano, mediante responsabilidad compartida, genera oportunidades de crecimiento, justicia y fraternidad, contrapuesta a la revolución digital, con formas muy sutiles de dependencia y de control social mediante la economía digital, que crea nuevas y ocultas esclavitudes. 

En el capítulo quinto, disruptivamente, el Papa presenta la civilización del amor, mediante un orden social en el cual la justicia y la caridad se entrelazan y en el que el amor sea principio de organización económica, política y cultural, contrapuesta a la cultura del poder, que va “normalizando” la guerra como instrumento de política internacional, tomando las decisiones con base en cálculos de fuerza. Se mira al mundo bajo el esquema de “amigo-enemigo”. 

Esta encíclica, escrita en el umbral de un cambio de época, es, además de una gran síntesis de la doctrina social de la Iglesia, una doctrina por desgracia olvidada por muchos pastores. 

*Presbítero